Se cumplen 130 años de la fundación de la UGT

El 12 de agosto de 1888 representantes de 44 agrupaciones sindicales se dieron cita en Barcelona para promover la configuración de una central sindical que articulase las reivindicaciones obreras en torno a las ideas marxistas. Aquel día nacía la Unión General de Trabajadores, una organización que, con sus más y sus menos, ha protagonizado una parte importante del sindicalismo español.

Pablo Iglesias Posse, líder de los socialistas españoles y fundador de la UGT, durante un mitin / Archivo historico PSOE

En el verano de 1888 la ciudad de Barcelona vibraba con la celebración de la Exposición Universal que desde abril hasta diciembre aspiraba a mostrar al mundo las maravillas tecnológicas e industriales más avanzadas de la época. Las Exposiciones Universales era un motivo de optimismo y orgullo para todas las fuerzas vivas del país, en plena restauración monárquica, que trataba de mostrar al mundo su impulso para ponerse a la altura del resto de países de Europa. Pero como siempre, en aquella sociedad del primer gran capitalismo industrial, el progreso y el desarrollo no llegaba a todas las clases sociales.

Los preparativos de la Exposición Universal habían comenzado tan pronto como 1886 con la movilización de miles de trabajadores, muchos desplazados desde otros puntos del país, que en una muestra representativa del lado oscuro de la industrialización vivían hacinados y con unos sueldos miserables para construir las grandes muestras de “la capacidad industrial que iluminaba el mundo”. Pese al interés de la monarquía y los capitalistas de mostrar un país en pleno desarrollo, la realidad social distaba mucho de aquel mercado de muestras. La mayoría de la población continuaba de facto en el Antiguo Régimen, viviendo en zonas rurales como jornaleros en unas condiciones similares a las que habían vivido sus antepasados durante siglos. El proletariado industrial, aún minoritario, se encontraba ante la angustiosa realidad de la explotación laboral de las fábricas, lejos de las promesas de desarrollo que les habían llevado a trasladarse a las ciudades.

Poco después de darse por finalizados los trabajos preparativos, e inaugurada la Exposición, muchos de los trabajadores desplazados a la capital industrial del estado, que habían decidido quedarse y pasar a formar parte del ejército de reserva de trabajadores industriales, entendían la necesidad de organizarse para defender sus derechos.

En ese contexto, el sector marxista del movimiento obrero, minoritario en aquellas incluso entre el reducido proletariado industrial y agrupado en torno al pequeño y clandestino Partido Socialista Obrero Español fundado pocos años antes, tomó la decisión de articular una central sindical que coordinase los esfuerzos reivindicativos de los distintos sindicatos en los cuales contaban con mayoría.

El clima de competencia con el anarcosindicalismo también contó con relevancia en la decisión. A pesar de su mayor implantación entre la clase trabajadora, la abierta persecución sistemática a la que era sometida por parte del régimen dificultaba enormemente sus aspiraciones de coordinar sus esfuerzos. No por ningún motivo aquel año, tras unos pocos años de intentos de articularse en torno a la Federación de Trabajadores de la Región Española, el sector anarquista se veía acorralado por las autoridades con montajes como el de la Mano Negra.

44 delegaciones de todo el país

Con estas premisas, bajo el liderazgo de Pablo Iglesias Posse, tipógrafo y líder de los marxistas españoles, fundador del PSOE en 1879, el 12 de agosto de 1888 se reunieron delegados de 44 agrupaciones sindicales de todo el país en el Teatro Jovellanos de Barcelona. Representaban a poco más de 5000 trabajadores afiliados a las agrupaciones.  

En aquel congreso, el primero, a pesar de la ambigua redacción estatutaria para burlar en la medida de lo posible la persecución del régimen, se hablaba de lucha de clases. Pablo Iglesias, afirmaba que “la actitud con los partidos burgueses, llámense como se llamen, no puede ni debe ser conciliadora ni benévola, sino de guerra constante y ruda”.

Se nombró una dirección nacional, con el también sindicalista tipógrafo Antonio García Quejido al frente y una batería de reivindicaciones iniciales, compartidas por todo el movimiento obrero a nivel internacional, como la jornada de 8 horas y el establecimiento del salario mínimo. Luchas concretas para mejorar las condiciones de vida de la clase trabajadora, al tiempo que no se descuidaba el objetivo de una transformación social completa, que liberase al proletariado del yugo de la explotación.

Los primeros años de la Unión fueron de paulatina consolidación. La influencia de la central sindical se extendió a núcleos obreros en otras regiones, particularmente el País Vasco y la cuenca minera de Asturias. Al borde del cambio de siglo, la organización comenzó a adquirir protagonismo en la creciente conflictividad social que inundaba el país. El sistema se revolvía y la represión golpeaba contra la organización obrera, que veía a la explotación inherente del sistema sumarse las guerras coloniales y la crisis manufacturera. A pesar de todo, con el inicio del siglo XX, la UGT contaba con más de 25.000 afiliados.

Los avatares del siglo XX

Esos fueron los inicios de la central sindical más longeva de la historia de España. A lo largo del siglo XX, tendría ocasión de contar con un papel protagónico en muchos de los episodios de la historia del país. Las grandes huelgas de las primeras décadas del siglo, la resistencia contra un régimen que iba a agotándose, la clandestinidad durante la dictadura de Primo de Rivera, la II República y, luego, el paso al ostracismo durante la larga y difícil dictadura de Franco.

Desde la llegada del régimen constitucional, la historia de la UGT ha venido indivisiblemente unida a la de los cambios ideológicos del PSOE y la socialdemocracia española. Sumida en el reformismo y en cierto anquilosamiento, la UGT es hoy reflejo de la pérdida de implantación del sindicalismo entre una clase trabajadora desmovilizada y que contempla con recelo el comportamiento de la dirección con el sistema. En los últimos años, su connivencia con las reformas laborales, junto a su escaso nivel de movilización durante una década de crisis económica que ha empobrecido y precarizado hasta límites insostenibles las condiciones laborales, han minado considerablemente la credibilidad de un sindicato que se fundó con el anhelo de ser la organización que promoviese un cambio revolucionario del orden social y la liberación de la clase trabajadora. Pera esa, es otra historia.