Fernando Buen Abad

Anatomía Ideológica de Disney

Hace rato que Disney se consolidó como una de nuestras más grandes derrotas ideológicas en la política, la ética y la estética. Como con otras muchas mercancías hiperventiladas publicitariamente, un “público” masivo y mundial decidió sepultar toda razón critica frente al discurso Disney y le cedió territorios nodales haciéndolo carne de sus ilusiones y de sus afectos. Los hijos como primeras víctimas. Hasta los más recalcitrantes socialdemócratas visten a sus niñas de princesitas. Y hay que oír las, no poco irresponsables, justificaciones.  

Fraudes, estafas y malversaciones electorales

Una democracia seria debería sancionar con todo rigor las mentiras electorales. Antes, durante y después. Debería haber tribunales populares instruidos con todo el poder para ejecutar leyes que resguarden el voto, como documento histórico que es, y como exigencia de cumplimiento político inexcusable. Justicia exigente al máximo que debería encarcelar al que promete falsedades, para ejecutar traiciones, tanto como al que corroe votos para imponer fraudes. La voluntad democrática de los pueblos debería contar con blindajes de hierro y con castigos ejemplarísimos.

Hombres que luchan Toda la Vida

Salvo algunas voces atragantadas de odio, existe un consenso muy extendido de afecto sincero y respeto por la obra crítica, valiente e infatigable, del uruguayo enorme Víctor Hugo Morales. Su obra crítica al imperio mediático que infesta a los argentinos con ideología chatarra, tiene la columna vertebral de una estirpe humana y profesional que no abunda (por desgracia) pero que en su unicidad brilla cargada de mesura, inteligencia y puntería. No pierde el paso, no pierde el tiempo y no pierde palabras. Una lucha incesante, necesaria y muy poco valorada. Merece mucho más.

Venezuela. Humanismo: Fase Superior de la Constituyente

“Al pueblo sólo lo salva el pueblo” A menos que entremos en un trance de esquizofrenia aguda, es hora de poner en práctica todo el amor que oficialmente nos han enseñado a tener -en loas- por las constituciones políticas y por los pueblos que deciden, soberanamente, cómo gobernarse. Ese ha sido, una y otra vez, el discurso dominante, casi progre y casi dogmático -y siempre reverencial- con que se expiden los aparatos ideológicos dominantes cuando se trata de instituir formas del respeto social sobre las “máximas instituciones democráticas” que nos rigen.

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