Paco Campos

Nada hay preconcebido

Si lo hubiera qué papel nos habría reservado la naturaleza; nos bastaría con adecuar nuestras disposiciones a un manojo de ideas y creer que lo que hacemos lo hacemos porque no puede hacerse de otra manera. También pasa con las tesis políticas que defienden nociones tales como democracia, legalidad, principios universales y demás formas canónicas que se manejan simplemente para ajustarlas a una preconcepción ideológica, de tal manera que sólo esa, nuestra, versión es posible para ser exitosa. Esta forma de idealismo ha llevado a mucha gente al fracaso, cuando no al caos.

El lado no humano de la vida

Hay instancias de las que el ser humano se sirve a conveniencia y que le reportan cierta complacencia acomodaticia. Son respectos con los que establece relación privilegiada -dice Rorty en Pragmatismo, una versión- y con los que se familiariza o absorbe cultural y tradicionalmente por vía  paterno-filial y transmite posteriormente a su progenie en ese fenómeno inconcreto llamado 'educación'. Todo esa masa se posa y reside en el  subconsciente individual y colectivo.

Cultura democrática

La democracia sin matices hemos de asumirla como una cuestión práctica, no a manera de principios abstractos o como simple recuento cuantitativo. Hace tiempo que los ideales democráticos pasaron a ser formas de experiencia tendentes a la felicidad de los hombres. Nada puede hacernos felices o tener una vida satisfactoria si no convertimos nuestras creencias, sentimientos y acciones en verdaderas relaciones con más rango social que individual; cuando, por ejemplo, un ‘nosotros’ desplaza a un yo, tú, él.

Cultura democrática

La democracia sin matices hemos de asumirla como una cuestión práctica, no a manera de principios abstractos o como simple recuento cuantitativo. Hace tiempo que los ideales democráticos pasaron a ser formas de experiencia tendentes a la felicidad de los hombres. Nada puede hacernos felices o tener una vida satisfactoria si no convertimos nuestras creencias, sentimientos y acciones en verdaderas relaciones con más rango social que individual; cuando, por ejemplo, un ‘nosotros’ desplaza a un yo, tú, él.

¿Qué es esto de una democracia autoritaria?

Vivimos ya unos meses demasiado estresantes, dislocados, en los que se apela a una definición de la democracia; una aclaración simple en la que poder hacer válidas nuestras expectativas. Desgraciadamente chocan argumentos basados en los principios ejemplares y en los derechos elementales: los primeros son por sí solos indiscernibles, los segundos son tan simples que cuestionarlos supondría la pérdida del sentido común. He aquí que se confrontan en un pañuelo la tradición del racionalismo ilustrado con la moderna evolución del pensamiento pragmatista.

La seguridad de lo que no cambia

El ideal del pensamiento griego clásico que identifica la perfección con la quietud o ausencia de cambio ha permanecido hasta nuestros días, sobre todo a la hora de referirnos a la naturaleza humana: no cabe duda que la contemplación supera a la acción en el código de mando de las religiones monoteístas, y que la certeza tiene un rango mayor de aceptabilidad que la imaginación. Dewey destapó la incoherencia de la dicotomía y se lanzó por el camino de la esperanza a potenciar la supremacía del hombre, tal y como Rorty sostiene en Ética sin obligaciones universales (1996).

¿Qué es esto de una democracia autoritaria?

Vivimos ya unos meses demasiado estresantes, dislocados, en los que se apela a una definición de la democracia; una aclaración simple en la que poder hacer válidas nuestras expectativas. Desgraciadamente chocan argumentos basados en los principios ejemplares y en los derechos elementales: los primeros son por sí solos indiscernibles, los segundos son tan simples que cuestionarlos supondría la pérdida del sentido común. He aquí que se confrontan en un pañuelo la tradición del racionalismo ilustrado con la moderna evolución del pensamiento pragmatista.

La seguridad de lo que no cambia

El ideal del pensamiento griego clásico que identifica la perfección con la quietud o ausencia de cambio ha permanecido hasta nuestros días, sobre todo a la hora de referirnos a la naturaleza humana: no cabe duda que la contemplación supera a la acción en el código de mando de las religiones monoteístas, y que la certeza tiene un rango mayor de aceptabilidad que la imaginación. Dewey destapó la incoherencia de la dicotomía y se lanzó por el camino de la esperanza a potenciar la supremacía del hombre, tal y como Rorty sostiene en Ética sin obligaciones universales (1996).

Mejor la verdad en lenguaje vernáculo

El lenguaje vernáculo es mucho más posibilista y actitudinal que el lógico, y mucho más que el metafísico, si es que de la verdad se trata, porque la queramos determinar para poder acomodarnos con ella y hacerla mucho más intercambiable en la conversación filosófica, una vez que nos dé por ahí, por conversar con la gente. ¡Ay!, la vieja polémica de mediados del XX, cuando Wittgenstein dijo que el significado de las palabras es su uso en el lenguaje. Russell se enfadó una barbaridad, dicen que montó en cólera porque su mejor discípulo había traicionado los cánones de la lógica.

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