La fábula de Don Nadie y el adulador

Jesús Portillo | El dramaturgo británico George Chapman escribió: “los aduladores se parecen a los amigos como los lobos a los perros”. Existen tantos tipos de relaciones humanas como tipos de personas y ninguna de ellas está exenta de interés. Interés basado en la ganancia, en la admiración y en la comparación, en evitar la soledad, en ser correspondido, en el poder o sencillamente en el reconocimiento.

Acto I: Existe un grupo de personas, encantadas de conocerse, que segregan una especie de pátina dulzona para congraciarse con el entorno social. Se deshacen en halagos y convierten el resultado más nimio de aquel que quiere incluir en su círculo de amistades en un logro triunfal y extraordinario. Deforman la percepción del halagado hasta tal punto que les hacen creer que son personas brillantes entre las brillantes, aunque sus acciones sean de lo más ordinario. Construyen un clima de afabilidad constante en el que no tiene lugar la decepción. Transforman la equivocación y el error en “otro modo de hacer las cosas que los demás no entienden” y terminan por anular la capacidad de autocrítica del favorecido. El efecto inmediato del adulador, si el adulado no considera la rareza de la continua idoneidad de sus acciones, es el rechazo de cualquier crítica externa y la absolutización de la evidencia privada que encuentra respaldo en los halagos. Después, el adulador tiene la capacidad de seleccionar los contactos que considera adecuados para su objetivo, cercenando de un modo sencillo cualquier tipo de relación que no le convenga a sus intereses.

Acto II: Como preso del Síndrome de Estocolmo, el adulado desarrolla una relación de complicidad y un fuerte vínculo afectivo con su idólatra, defendiéndolo y atacando a todo aquel que pretenda deshacer el nudo de la venda que le ciega. E igual que si pretendiera salir ileso del agravio que le ocasiona la contrariedad de su opinión y de sus acciones, desarrolla un proceso de victimización en el cual solo es entendido por el círculo selecto que le baila el agua.

El café de nadie - Ramón Alva de la Canal

Acto III: Y como bien decía Aristóteles: “todos los aduladores son mercenarios y todos los hombres de bajo espíritu son aduladores”. La calidad del bruñido interior de estos individuos procede de una calaña lisonjera, llena de zalamería y de saber ver. Perfectos cocineros del bienestar de su presa y al tiempo, magníficos bandoleros de la decisión. Anulan con sus melindrosos comentarios y agasajan sin medida hasta ganar por completo la confianza del otro. Una vez asediada la intimidad de su objetivo, comienza el reclamo de la deuda del servicio.

Acto IV: No hay plazo que no llegue, ni deuda que no se pague. Efectivamente, una vez perdida la referencia, el sentido común y la autocrítica llega el pago de los favores que el adulador le hizo al adulado para llegar a convertirse en quien nunca fue, tornándose los roles y dependiendo el primero del segundo. “¿Has olvidado quién eras antes de conocerme?”, “¿quién ha confiado en ti cuando nadie lo hizo?”, “siempre supe que eras alguien extraordinario”. Edmund Burke advirtió que “el favoritismo nos grava más pesadamente que muchos millones de deuda”, poniéndonos en evidencia ante los demás y siendo repudiado por el doble rasero con el que se miden los actos.

Acto V – Fin de la obra: El colofón de la magistral interpretación de pleitesía y dependencia debe ser la impecable doble vuelta de tuerca. Enfadarse para que no se enfaden aquellos que descubrieron el interés de sus acciones y ofrecer un entorno alternativo al adulado, por la pérdida de aquellos que quisieron hacer entrar en razón al verdadero bobalicón, que por sentirse inferior fue embaucado. Y es que en materia de dar coba siempre encontramos a gente, que sin hacer méritos ni desaires, se agencian el favor de un débil de mente, a cambio de mentiras jugosas que le hagan pasar por un auténtico Don Nadie.

http://blogs.tercerainformacion.es/cincel/2015/01/18/la-fabula-de-don-na...

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