Exĭtus: la bestia sonora

Jesús Portillo | El dramaturgo griego Esquilo de Eleusis decía que “pocos hombres tienen la fuerza de carácter suficiente para alegrase del éxito de un amigo sin sentir cierta envidia”. Lo cierto es que la amistad es frágil como el cristal soplado, flexible como la caña de río si es verdadera y severa como la tramontana cuando de sincerarse se trata. La paleta de colores más bella es la que liba con el pincel las mieles de la victoria: victoria sobre el desamor, sobre la enfermedad, sobre la desesperación, sobre el desahucio, sobre la desilusión y sobre la monotonía. El regodeo sobre la ganancia de cualquier tipo nos lleva a convertirnos en expositores de galería (homo cuniculus), en una suerte de urna de vidrio templado que exhibe, sin dejar que nadie se acerque demasiado, el trofeo que le hemos arrebatado a la vida. Y es que, como declaraba el ensayista neoyorquino Norman Mailer, “el éxito es sólo la mitad de bonito cuando no hay nadie que nos envidie”. A pesar de todo, la fragilidad del ser humano ante la comparación hace de mucha hacienda poca y de poca indigencia, si no se repara en lo conseguido, en lugar de lo deseado.

Exĭtus es una bestia magnífica de ojos brillantes, andares sonoros, apetito insaciable y lengua viperina. Pasta entre la multitud cargada de zafiros y disfruta vomitando sandeces a los pies de pobres de espíritu que creen sus bobadas. Se alimenta de reconocimiento, su pérfida lengua envilece con recelo las aguas más cristalinas y cuando aúlla retumba su eco en cada sueño frustrado. Es un ser extrovertido que se crece a la luz del día, alfombra su pecho con lanosas esperanzas y las refriega sobre aquellos que no alcanzan su tamaño. Sin embargo y a pesar de su estatura, el antídoto para el veneno que rezuman sus colmillos se extrae de la indiferencia común, una especie de almizcle amargo segregado por la indolencia. Cuentan los lugareños que Exĭtus solo tiene poder sobre sus presas cuando éstas creen en él, agotándolos en la incesante búsqueda de satisfacción; infectando todo lo que le rodea de olvido y ambición. Todos quieren atraparlo, lo persiguen con ahínco y sueñan cada noche con él. Víctor Hugo, en la Francia del XIX, dijo de él: “es una cosa bastante repugnante, su falsa semejanza con el mérito engaña a los hombres”.

José Hernández - Bestiario

E igual que la elegancia se aleja del recargo y la bondad del deseo del mal ajeno, la humildad rehúye del restriego y el egocentrismo intencionado. “Todo aquel que siempre dice ʻyoʼ, ʻyoʼ, ʻyoʼ, es porque no tiene a nadie que le diga ʻtúʼ, ʻtúʼ, ʻtúʼ”. Esa bestia desalmada de la que tantos hablan no es maligna por sí sola, es la voluntad que insufla a sus víctimas de desear que los demás fracasen la que la vuelve fatídica. La temeridad del éxito alcanza su cumbre cuando descubre que no le importa rodearse de mediocres para que sus, cada vez más embebidos, triunfos sigan luciendo con la misma intensidad, aunque sean insignificantes realmente. Lo más triste de todo es la transformación que sufren aquellos que creen poder sujetar el éxito de forma permanente. Se vuelven hostiles y olvidan que no alcanzaron la cumbre solos. Cambian el agradecimiento a los demás por un insufrible deseo de demostración. Se arrepienten de quienes fueron cuando no los conocía nadie, dando lugar a un engendro que se aplaude incluso cuando nadie los mira, confundiendo la felicidad con la demostración de ésta.

La confusión generalizada del éxito, el mérito y la felicidad es, esencialmente, la clave de la gran equivocación de las relaciones humanas. El mérito es la acción que hace a una persona digna de un premio, el éxito no es más que el feliz desenlace de un negocio o una acción y la felicidad es un estado costoso de mantener. Se puede tener éxito y no merecerlo. Podemos merecer el éxito y no alcanzarlo. Podemos ser felices sin éxito y se puede coronar la cumbre del éxito mereciéndolo, siendo entonces puntualmente felices. Todos queremos ser felices y que la gente piense que merecemos los éxitos que cosechamos. Sin embargo, este deseo general impide la mayoría de la veces poner atención a los méritos y a los éxitos ajenos, a menos que éstos últimos desluzcan los propios o seamos lo suficientemente valientes como para aceptarlos. Es entonces cuando caemos en la cuenta de que transitamos por una vía llena de indigentes pidiendo limosnas de éxito, llegando a robarnos los unos a los otros. La felicidad no depende del éxito, ni es realmente su meta, ni puede mantenerse de él. La felicidad desprende un tufo aromático y ácido que atrae a los pordioseros y a los cazadores, siendo conveniente guardarla a buen recaudo y ventearla poco. “Si eres feliz, escóndete. No se puede andar cargado de joyas por un barrio de mendigos. No se puede pasear una felicidad como la tuya por un mundo de desgraciados” (Alejandro Casona).

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