Ritmos sonoros

El último concierto al que había asistido fue en verano del 2015 en el teatre GREC, era la celebración del décimo aniversario dels Amics de les Arts. Fue una gran fiesta. Desde entonces no me había vuelto a acercar a la escena musical.

Hace unas semanas una buena amiga recién llegada desde Chile me invitó a dos conciertos de un joven músico chileno llamado Nano Stern. Mi cultura musical es limitada y mis conocimientos sobre los artistas chilenos son prácticamente inexistentes.

Llegué al primer concierto sin tener ni idea de que me iba a encontrar, la única pista me la dio una foto del artista en el cartel promocional. Fue el jueves 28 de abril en un local situado cerca de Plaça de Sants llamado “La Iguana”. El lugar me recordó al “Central Perk” el mítico bar de la famosa y añorada serie “Friends”, sofás, sillones, ambiente acogedor y una pequeña tarima a modo de escenario.

El espectáculo empezó y así conocí la música de Nano Stern, escuché por primera vez sus canciones en un breve recital en el que lo acompañaron otros artistas. El domingo 1 de Mayo Stern actuó en el Tradicionarius ante un auditorio lleno. En este espectáculo lo acompañó un virtuoso guitarrista. El público reconoció el recital con un caluroso aplauso. Se agradeció la proximidad del cantante que al finalizar el show se reunió con sus seguidores.

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La vida del artista profesional es envidiable, uno puede vivir de su trabajo que a la vez es lo que más le gusta, pero a diferencia del escritor, el músico tiene que repetir su obra concierto tras concierto, cada vez el público es distinto, los ánimos son distintos pero hay que transmitir la misma energía y sentimientos actuación tras actuación.

Imagino que uno de los mayores temores del cantante es no transmitir, que las canciones se gasten y que el público deje de llenar los auditorios. Si además el cantante es letrista, el miedo de la página en blanco debe hacer mella.

La vida del artista es envidiable pero llena de incertidumbres que pueden ser dañinas. Los escritores suicidas de Turín, los pintores que murieron abandonados a su locura, todo ese talento que no ha logrado dejar su huella en el recuerdo de los que venimos y de los que vendrán.

Así brindo por todas esas personas valientes que han decidido lanzarse, los que cayeron y se volvieron a levantar, y vuelvo a brindar por aquellos que todavía no han dado el paso para que lo den. Que los artistas nos sigan alimentando el alma, y que las instituciones públicas realmente se dediquen a cuidar a los creadores.

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