Aún no hemos recuperado la democracia

La principal razón argumental , es la que se sostiene mediante el dato objetivo, concreto y palmario, que todas las repúblicas que dicen haber recuperado el sistema democrático imperante, tras los aciagos tiempos de las dictaduras cívico-militares, resolvieron tal recuperación, convocando a elecciones y no, como debiera haber sido en una recuperación real y manifiesta, en devolver al poder, a los que fueron elegidos y echados ilegítimamente por quienes depusieron los diferentes gobiernos, para instaurar gobiernos de facto. Verbigracia; en Argentina, el último golpe, depuso a un gobierno nacional, al que le restaban cuatro años para cumplimentar el mandato popular, como a los gobernadores de cada provincia, intendentes de cada ciudad y a todas las cámaras legislativas. En la supuesta recuperación acaecida, en vez de la convocatoria a elecciones generales (tal como sucedió en todas y cada una de las repúblicas que vivenciaron situaciones semejante) no se retrotrajo la realidad política, hasta antes del golpe, que hubiera significado además el desconocimiento legal y legítimo del hecho fatuo y de facto del despojo del poder. Equívocamente, se reconoció cierta legalidad de esos golpes de estado, al no reponer en las personas constituidas en representantes, o en sus partidos (en casos de fallecimiento o muerte producida incluso por los propios golpistas) y tratar de enmendarlo, mediante la fórmula mágica del llamado o la convocatoria a elecciones.

La vacilación institucional en la que cíclicamente caen las diferentes democracias que sostenidas en una idea aspiracional, teorética o histórica, no han asimilado el de curso de su propia historia, pretendiendo enmendar gravosas complejidades políticas, mediante el llamado a elecciones generales, como si fuese la apelación final y última a un talismán mágico y mítico, se convierte en parte del problema por el que las soluciones, están mucho más lejos de nuestros deseos, como de nuestra realidad.

Toda crisis, que por lo general son de legitimidad, es decir de confianza entre los representantes y representados, en donde orbitan los intermediarios y sus mecanismos; la economía y sus números, como la comunicación y las palabras, socavan la confianza que crepita ante la primera hesitación. Ocurre que tal como si fuese un gigante de pies de barro, en verdad nunca hemos recuperado la democracia, dado que aún no la hemos tenido o alcanzado.

Esta afirmación no implica que hayan sido muy loables nuestros intentos, pero tampoco nos podemos quedar en ellos, haciendo de sus protagonistas, héroes, cuando en verdad, apenas si lo han intentado, en el caso de que lo comprendieran. Comprender esto mismo, que seguimos estando muy lejos de lo democrático en su sentido cabal. Que la democracia no se agota en el llamado a elecciones, en donde un alto porcentaje de la población, es obligada a optar, condicionada por el hambre, la pobreza y la miseria. La otra parte restante, la privilegiada, igualmente es obligada a optar, sin hambre ni pobreza, pero obligada en la misma circunstancia en un símil a lo democrático que cobra con esto un sentido de perversidad.

Lo democrático, supuesto, se regocija en ser todo aquello que no es. Se perpetúa en una promesa ad infinitum, en donde hasta por esos supuestos principios de lo democrático, es válido, deseable como realizable, que los gobiernos que a ciertos sectores por distintas razones (sean las que fueren, corrupción y crisis económica son las más usadas) no les agradan, deben verse envueltos en el socavamiento de su propia constitución como institución y terminen muchos de ellos, depuestos, expulsados y echados, disolviendo con ello la voluntad del soberano.

Con la excusa perfecta de que nada peor que el oprobio de los gobiernos totalitarios, nos situaron en una democracia falsa, apocada y enajenada de su razón principal, de que sea tolerable con lo que la funda, es decir con la elección y decisión de los electores.

En ninguna parte del mundo, siquiera se ha pensado en esto mismo, y en muy pocos, los doctos teóricos, plantean, incluso desde la juridicidad, que se le debe devolver a los representantes elegidos aquello de lo que se les ha quitado, dado que no existe mayor acto de criminalidad, como de olvido, como el perpetrado y ahora denunciado.

Otra cosa sería, como tras el tiempo transcurrido, y con varios protagonistas ya fallecidos, se implementa la restitución, pero para ello, todo un poder que también se dice democrático, pese a que sus integrantes no se elijan por votos ni posean periodicidad, como el judicial, se debería encargar de resolver, en nombre de eso democrático que dice sostener.

Sabemos, claro está, que es un imposible, como también lo es, que la democracia en estas condiciones, no habiendo respetado la voluntad popular, no restituyéndola, una vez y supuestamente recuperada, puede pretender muchas y buenas cosas, pero de verdad que no tiene entre sus objetivos respetar las decisiones del pueblo o del soberano, a las pruebas, históricas nos remitimos.

La democracia, imperante, por tanto sólo es tal en su promesa de cumplir con lo que dimane del soberano, mediante voto, en tanto y en cuanto, no ponga en cuestión la finalidad de la democracia como sistema político que además de lo electoral y de una supuesta garantía en la libertad de expresión, se encargue de incluir a los sectores más postergados, para que finalmente estén en condiciones y no condicionados, a elegir y no a optar.

La opinión del autor no coincide necesariamente con la de TerceraInformación