Horacio Duque •  Opinión •  07/10/2016

El exterminio fulminante de las Farc

Lo que quiere Santos (y Uribe/Pastrana, obviamente) es el exterminio de las Farc.

 

De Santos se puede esperar todo.

 

Suficiente con recordar la acción militar que líquidó a Alfonso Cano en medio de las conversaciones reservadas para establecer una Mesa de diálogos.

 

Su juego es perverso e implacable. Son frías sus lógicas de poder.

 

Así como te da cuchillo bien puede insinuarte, a través de un atolondrado emisario, que tienes tu vida a su disposición porque ejerce pleno control sobre todos tus movimientos. Que importa si el artefacto es una BlackBerry intervenida desde la Dirección de Inteligencia. Aquí todo vale y mejor te pones a salvo con mi acto “amigable” generador de confianza. Esas son las reglas de la negociación de conflictos.

 

Santos no es ninguna alma de Dios.

 

Es tan, o peor, perverso que todos los de la patota que dominan esta desventurada nación. Nada que envidiarle a un forajido como Uribe, a un malandro perfumado como Pastrana o a un ave de rapiña como Vargas Lleras.

 

Se trata de un muy sofisticado tahúr de un compulsivo jugador de póker, como correctamente lo percibe Alberto Pinzón.

 

Es su talento y su pericia. Toda canalizada para acumular poder y riqueza.

 

Así llego hasta el sitio en que está.

 

Morirá en ese mundo áspero de las jugadas de mano.

 

En lo atinente a su paz neoliberal no hay ninguna intención magnánima de por medio.

 

Primero los negocios. Primero el capital y las ganancias. Los demás que se jodan. Ese cuento de los pobres y la patria no es con él.

 

Su cacareada paz es para profundizar el modelo neoliberal con la mega minería y el agro negocio en la Altillanura de la Orinoquia.

 

Es para ese objetivo que quiere extirpar la guerrilla, eliminarla de las geografías ricas en minerales, en oro, en petróleo, en agua, en biodiversidad y en potenciales para la producción agrícola.

 

Nada de afanes altruistas y humanistas para hacerse con un nobel. Aunque ese no era un premio desestimable. Un trofeo para adornar su adorno y bocelaría.

 

Pero como la vida no es un camino de rosas, construir el mundo dorado del neoliberalismo le exigía dialogar y negociar con un contendor de quilates.

 

Con las Farc.

 

Con un movimiento cargado de historia, resistencia y potencia transformadora. Con un movimiento social y político programático, conformado durante décadas para promover cambios estructurales en la arcaica sociedad imperante en Colombia. Para darle la tierra a los campesinos, la democracia a los excluidos, la tolerancia al adversario, la palabra al opositor, la convivencia a la comunidad, los derechos a las víctimas, la rectitud al compromiso establecido y la ilusión del socialismo a las mayorías.

 

En suma, con un movimiento cargado de conciencia, ética, disciplina y responsabilidad histórica.

 

Técnicamente no había alternativa. Una guerra prolongada es insostenible. Un gasto militar descomunal como el del Estado colombiano diezma cualquier economía. Si los imperios caen (como le ocurrió a la ex URSS y le ocurre hoy a USA), según la brillante tesis de Paul Kennedy, por causa de un gasto militar asfixiante y depredador, con mayor razón un pequeño Estado como el colombiano, sin recursos y carcomido por el burocratismo clientelar. 500 mil soldados son una pesada carga que termina arruinando cualquier presupuesto.

 

Pasaran décadas y ese monstruo burocrático militar nunca podrá destruir una deletérea guerra de guerrillas que tiende a cobrar formas cuasi estatales para dar sustento a sus bases de apoyo. ¿O acaso no es que guerrilla, tanto la de las Farc como la del ELN, no tiene formas estatales en muchas regiones de la geografía nacional?

 

Y bien.

 

Tomada la decisión de negociar, el resultado que a la fecha de hoy tenemos es un importante documento programático conocido como Acuerdo de paz de Cartagena. Es el fruto de varios años de arduos trabajos y complejas reuniones. Un documento de 297 páginas, que así no le agrade a la ultraderecha y a otras almas intolerantes, será el referente de sentido para el movimiento popular y la multitud que articula múltiples tendencias de la diversidad social.

 

Con un plus adicional. La comunidad internacional en sus referentes de peso (ONU, gobiernos, UE, partidos, movimientos) lo conoce y sabe de sus nada desproporcionados alcances. Es lo que regularía una sociedad medianamente moderna, al decir de Barrington Moore en sus estudios sobre los orígenes sociales de la dictadura y la democracia.

 

Pero, se presentó el tropiezo del plebiscito del 2 de octubre.

 

Las mentes se confunden y cunde el desespero.

 

Es cuando hay que estar más atentos para evitar fugas suicidas y golpes de mano.

 

Santos dice que no hay tiempo. Lo expresa en momentos en que se ve obligado a conversar con su contrincante intraclase. Con la facción oligárquica más recalcitrante y obtusa. Con la insolencia despótica del latifundio feudal. Con la patanería provinciana, acostumbrada al desafío y la pistola.

 

El riesgo de la aventura es muy grande.

 

Colocado a la deriva y hecho una ruina política, bien puede Santos querer picar en punta para demostrar fuerza.

 

Lo de un nuevo Frente Nacional o una manguala 3.0 bien podría ser un juego de niños. Un artilugio para calmar la galería.

 

Lo peor. Lo más grave es un Plan B santista para adelantar una guerra relámpago, una blitzkrieg hitleriana, para copar campamentos y asesinar en masa a líderes y combatientes guerrilleros. Una operación tipo Tamil para exterminar toda existencia guerrillera.

 

Ese es el escenario perfecto codiciado por la elite oligárquica dominante, local e internacional.

 

No es fantasía.

 

Los riesgos son muy grandes.

 

Hay mucha información e inteligencia acumulada por los aparatos militares del gobierno para proceder a una masacre apocalíptica.

 

Me parece que se ha pecado y se peca por ingenuos.

 

Renunciar a la esencia móvil de la guerrilla es un craso error.

 

Lo que no quiere decir renunciar al Cese Bilateral del juego. Es la conquista efectiva más importante alcanzada hasta el momento.

 

La hipótesis de las zonas veredales y campamentarias, tan codiciadas por Pastrana, el artífice del plan Colombia, junto con una precipitada y anárquica dejación de las armas es una peligrosa y perfecta entelequia acariciada por el militarismo golpista de los Kfir.

 

En todo caso, es necesario regresar a la política o a lo político.

 

Téngase en cuenta que con la cruel derrota del 2 de octubre, Santos cesó sus competencias regulares, quedó a la deriva y los próximos meses, 20 pienso yo, hasta la elección del próximo jefe de la Casa de Nariño, serán una pista sintética para el protagonismo electoral de Uribe y sus tres pollitos (Duque, Zuluaga y Holmes), de Vargas Lleras, Sergio Fajardo, Ordoñez, Jorge Robledo y de pronto Cepeda, sino es que lo inhabilitan esta semana que viene.

 

Parece ser la conjetura más probable sin descartar cualquier pataleta violenta de Santos y sus generales de confianza, dotados de mucho dato delicado de la guerra de guerrillas.

 

Nota. No todo es malo en el resultado de las votaciones del plebiscito. Lo mejor fue la esplendorosa derrota de César Gaviria y su comparsa de sirvientes bien pagados. Cuando Santos puso al frente de la campaña del plebiscito a Gaviria, emblema del neoliberalismo, y le agregó toda la clase politiquera de gamonales emermelados, la derrota era previsible. La vieja clase politiquera de caciques electorales se metió al plebiscito para seguir robando y para reencaucharse. Pero les salió el tiro por la culata.

 

http://www.alainet.org/es/articulo/180767

 


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