Partido Popular revolucionario

Hace unos días, la vicesecretaria de Estudios y Programas del Partido Popular, Andrea Levy, desató una auténtica tormenta al declarar que su partido es revolucionario. Lógicamente, se desencadenó un caudal de chistes, ironías y sarcasmos que se hicieron virales en las redes sociales y acapararon buena parte del debate político. El asunto no es para menos: que un partido tomado por conservador y de derechas asegurara querer hacer la revolución, no podía sino suscitar una mezcla de sorpresa e indignación, tanto por la pretensión subyacente de banalizar el mundo de las ideas políticas como de reírse directamente de la gente, cuestión esta última recurrente en el PP.

Pero en mi opinión, Levy hablaba en serio. No nos tomaba el pelo. Y ello se evidenció cuando, para citar un ejemplo del carácter profundamente transformador de su partido, dijo que ‘darle la vuelta al mercado laboral es revolucionario’. Es decir, ponía como paradigma de medida rupturista la reforma laboral de 2012. Por consiguiente, debilitar la capacidad negociadora de trabajadores y trabajadoras, forzando una intensa devaluación salarial a través de la extrema precariedad laboral, es un ‘acto revolucionario’. Y ciertamente lo es. Desde la perspectiva de la derecha y de la oligarquía, claro. No olvidemos que a inicio de la década de los 80, Margaret Tatcher y Ronald Reagan emprendieron una cruzada conservadora a la que también llamaron ‘revolución’. Su objetivo declarado era acabar con el ‘espíritu del 45’, es decir, con las conquistas sociales y laborales que en Europa y EEUU se implantaron tras la derrota del fascismo al final de la II Guerra Mundial. Desmantelar el Estado del Bienestar, reducir los salarios, bajar los impuestos a los ricos, acotar el campo de las libertades: ésos eran los ejes de esa subversión neocon que las derechas mundiales llevan adelante desde esos tiempos reaganianos. Y se lo plantearon  como una auténtica revolución porque, obviamente, había que vencer fuertes resistencias sociales y forzar intensos cambios legislativos, además de abordar la titánica tarea de desmantelar los Estados que surgieron en 1945.

Así pues, las derechas(en colaboración con una socialdemocracia descafeinada y pusilánime) llevan décadas inmersas en este proceso revolucionario. Y avanzan en sus objetivos en función de las resistencias que encuentran. Resistencias desde la sociedad y también desde el Estado, que varían de unos países a otros, lo que determina distintos niveles en éstos en lo tocante al grado de derechos sociales, laborales y políticos que conservan.

En España, tenemos la inmensa ‘suerte’ de que ese proceso haya avanzado más que en el resto de los países  occidentales de nuestro entorno, si exceptuamos, por razones conocidas, el caso de Grecia. Aquí, esta ‘revolución facha’ casi ha alcanzado sus últimos objetivos: de ahí la alegría incontenible de Andrea Levy. No por casualidad, ésta hablaba de una reforma laboral que ha situado los salarios españoles, en todo el ámbito de la eurozona, en mayor desproporción respecto de la renta por habitante. Es decir, somos el país más desigual de entre aquéllos que se manejan con el euro. Pero el PP ha alcanzado más objetivos ‘revolucionarios’. Ha conseguido, por ejemplo, que las pensiones pierdan poder adquisitivo, el cual estaba garantizado por ley desde el inicio de la democracia. Ha puesto en pie leyes represivas, como la ley mordaza, que nos han situado al margen de los convencionalismos democrático-formales de nuestro entorno. Y en cuanto al desmantelamiento del Estado, los niveles de privatización de servicios y empresas, así como la corrupción rampante, han vaciado aquél en mucha mayor medida que en el caso de nuestras democracias vecinas.

El PP es un alumno aventajado de la brutal reacción oligárquica a las conquistas sedimentadas a lo largo de décadas. Casi ha culminado su tarea radical gracias a dos factores: su origen directo en el fascismo español, que le ha prestado firmeza y convicción en la tarea a realizar; y el apoyo electoral entusiasta de una parte de la población que, aunque víctima de sus ‘reformas’, no ha dudado en respaldarlas en las urnas.

* joseharohernandez@gmail.com

La opinión del autor no coincide necesariamente con la de TerceraInformación

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