La pesca del salmón en Albacete

Como todo el mundo sabe, Albacete es una ciudad próspera y dinámica gracias fundamentalmente a la pesca del salmón. Es la actividad económica más antigua de la que tenemos noticia. Según un historiador local, Fernando III el Santo consideró más importante la reconquista de Albacete que la de Sevilla o Córdoba porque estaba convencido de que con las salazones del salmón podría alimentar indefinidamente a sus mesnadas. En efecto, durante toda la Edad Media Albacete fue el centro salmonero más importante de la península. Los salmones remontaban el río Piojo, que discurría por la actual calle Ancha, con tal tenacidad y en tal abundancia que, según testimonios de la época, los desoves formaban diques y producían encharcamientos que abrumaban a la población con su insoportable pestilencia.
Sin embargo, claro está, no todo eran inconvenientes. El comercio del salmón sirvió para financiar la construcción de la catedral y de los diversos conventos que se edificaron en el siglo XVI. El centro urbano se embelleció. Por doquier la burguesía salmonera edificó sus mansiones, palacios, jardines italianizantes… Se abrieron centros de estudios, se crearon cátedras de Teología. Un influyente humanista seguidor de Erasmo llegó a escribir, quizá algo precipitadamente, que la industria del salmón había convertido Albacete en “la Florencia de La Mancha”. No cabe duda de que, en cierto modo, exageraba, pero parece indiscutible que toda la evolución histórica de nuestra ciudad se encuentra estrechamente vinculada a la abundancia de salmones.
El descenso demográfico que se vivió durante el siglo XVII en toda España como consecuencia de las pestes, epidemias, hambrunas, etc., aquí apenas afectó porque la gente siempre tenía un salmón que llevarse a la boca. Dicen las crónicas que los albaceteños comieron en aquel tiempo tanto salmón que les cambio el color de la piel, como les sucede a los flamencos, que deben el rosa de su plumaje a su alimentación. En el siglo XVIII, coincidiendo con el comienzo de un ciclo económico expansivo, el consumo de salmón albaceteño aumentó enormemente. Para responder al crecimiento de la demanda, el ayuntamiento mandó construir el recinto ferial, un peculiar espacio arquitectónico en forma de sartén que albergaba infinidad de puestos de venta de salmón. Desde entonces, y durante el mes de septiembre, miles y miles de personas venidas de todas partes llegan a Albacete para abastecerse de este precioso pescado, que ahora suele acompañarse de un mojito como bebida y un miguelito de postre.
En definitiva, Albacete no sería nada sin la pesca del salmón. La Sociedad de Investigaciones Albaceteñas ha llegado a proponer la sustitución del murciélago del escudo por un buen ejemplar de salmón. Y es que el salmón, nuestro salmón, no sólo es nuestra seña de identidad histórica más sobresaliente, sino la clave de nuestro brillante futuro, porque indudablemente es el mejor del mundo: sin metales pesados, sin anisakis, sin plásticos en su aparato digestivo… y con el insuperable aroma a tomillo y romero propio de nuestra tierra.
Y…, bueno, el lector o lectora que haya tenido la santa paciencia de llegar hasta aquí probablemente se estará preguntando qué sustancia estupefaciente hemos tomado o qué clase de extraterrestres nos ha abducido. Pero, en serio, no hemos tomado nada raro, ni nos ha visitado ET. Sólo queríamos cambiar de tema. Desviar la atención. Dejar por un rato de hablar de Cataluña. Pero no porque pensemos que hay que eludir el problema, sino porque creemos que es necesario parar un poco, desalojar las trincheras, arriar las banderas, deponer las armas, aplazar las consignas. Necesitamos disminuir el ruido ya mismo, retirarnos a nuestros aposentos y permanecer un tiempo en silencio, ese silencio profundo y sereno que a veces es la antesala del pensamiento, la palabra justa y el diálogo.
 
La opinión del autor no coincide necesariamente con la de TerceraInformación

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