La patria de Juan

Son las seis de la mañana y Juan se dispone a acudir a su trabajo en un bar de la costa murciana. Está feliz porque-piensa-por fin el gobierno se ha decidido, abandonando sus titubeos iniciales, a meter mano a quienes amenazan la unidad de España. A él nunca le había interesado la política, hasta que vio amenazada esa unidad; y desde ese momento se movilizó exigiendo mano dura contra Cataluña. En su viaje al trabajo, dos o tres cuestiones se cruzan como nubes en su mente, que empañan sólo ligeramente la alegría que siente.

La primera de ellas se refiere a su situación laboral. Juan, que gana 900 euros al mes por unas 10 horas de trabajo(su contrato es de 8), está inquieto desde hace un tiempo porque en su empresa, que en realidad es una cadena de restaurantes relativamente próspera, se ha corrido el rumor de que va a haber despidos, concentrados en los veteranos (Juan tiene 50 años). El jefe de Juan, un hostelero que además es constructor y ahora anda metido en el negocio agrícola, que en no pocas ocasiones se ha jactado en privado de esquivar impuestos y pagar ‘mordidas’ a políticos, convocó a los trabajadores para comunicarles que deberían llevar en sus uniformes un pin de la bandera española con el fin de expresar la beligerancia de la empresa respecto del desafío independentista. En esa reunión, deslizó la posibilidad de despidos, empezando por aquella parte de la plantilla que trabaja sin contrato alguno y prosiguiendo con los mayores. Juan confía en que la suerte le libre de verse en el paro.

La segunda inquietud que impide que la felicidad de Juan sea completa por el triunfo de España sobre el separatismo, remite a su salud. Hace poco le detectaron en una revisión unas manchas en el pulmón, pero le dieron cita para el especialista tres meses después. Juan preguntó por qué se demora tanto la visita al especialista, y la administrativa del centro de salud se limitó a encogerse de hombros y a musitar la palabra recortes. En fin, confía en que le responda la robusta salud que siempre ha tenido y al final lo de las manchas no sea nada.

Por último, Juan anda un poco preocupado por su madre. Resulta que la mujer, ya mayor y viuda, vive en la zona sur de la ciudad de Murcia y, a diferencia de su hijo, siempre ha sido una mujer muy reivindicativa y luchadora, de suerte que se ha involucrado en las movilizaciones contra el muro ferroviario que amenaza con partir en dos la capital de la Región. Como resultado de su activismo, le han impuesto una multa de 600 euros, además de llevarse algún golpe de los antidisturbios. Su magra pensión le hace imposible acometer el pago de esa cantidad, y la situación económica de Juan, su único hijo, tampoco posibilita que éste le pueda echar una mano, máxime considerando sus perspectivas laborales.

Sumido en estas reflexiones, aunque con el orgullo de ser español en lo más alto tras haberse abortado el golpe independentista, llega a bordo de su Polo de los 90 al bar-restaurante que él se encarga de abrir. En la fachada, una imponente bandera española que cubre prácticamente el edificio entero le hace vibrar de emoción. Al final de la jornada, ya conoce la mala noticia: será uno de los despedidos, algo que Juan no llega a comprender del todo porque la cadena hostelera tiene importantes beneficios. Una conversación con su jefe, que apela al sentido de la responsabilidad de Juan, le convence de que no hay otra salida que la rescisión de una serie de contratos. De vuelta a casa, abatido aunque resignado, oye hablar de posible convocatoria de elecciones. Y Juan lo tiene muy claro: votará por aquel partido que con más firmeza y decisión ha apostado por aplastar el soberanismo catalán, convencido como está de que es el responsable de todos los males que aquejan a su patria española.

                                                          joseharohernandez@gmail.com

                                       

La opinión del autor no coincide necesariamente con la de TerceraInformación

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