La "transición" del Eurocomunismo al Marxismo-Leninismo cuarenta años después de Carrillo

Se cumple este año el cuadragésimo aniversario de las Elecciones a Cortes Constituyentes de 1977. Aquellas en las que la UCD de Adolfo Suárez y de los antiguos gestores franquistas que, de repente, se habían tornado demócratas de toda la vida, ganó a toda la oposición junta obteniendo 165 escaños. Aquellas en las que el PSOE de Suresnes, liderado por Felipe González y los jóvenes sevillanos del interior, ganó sus particulares elecciones y se posicionó como principal fuerza de la izquierda, con 118 escaños. Aquellas en las que el PCE eurocomunista de Santiago Carrillo se dio su primer gran batacazo histórico al ganar sólo 20 escaños, perdiendo así el liderazgo de la izquierda en el momento dulce, después de haber sido la única fuerza en enfrentarse al franquismo en los anteriores cuarenta años. Pero ¿cuál es el origen de esta debacle cuyas consecuencias podemos apreciar cuatro décadas después?

Hay que remontarse a finales de los años sesenta. La Unión Soviética postestalinista comenzaba a dar muestras de flaqueza. En la Europa occidental, los jóvenes que no habían sufrido los excesos del capitalismo porque habían crecido entre los mimos de unas políticas socialdemócratas que no hubieran existido sin el miedo al contrapeso ejercido por la URSS, protagonizaron el Mayo del 68 y hasta criticaron la intervención soviética en Praga. Parecía que las condiciones socioeconómicas objetivas y subjetivas habían cambiado desde los tiempos previos a la Segunda Guerra Mundial y varios partidos comunistas occidentales decidieron que lo mejor no era reforzar las subjetivas por medio de la concienciación de clase, sino ceder al impulso general y masivo tendente a pensar que el Marxismo-Leninismo no servía para la Europa occidental de finales de los sesenta y principios de los setenta. Por ahí, se les ocurrió la idea del Eurocomunismo, una suerte de socialdemocracia a la moderna –ya para entonces la vieja socialdemocracia había devenido en socioliberalismo- cuyo nombre mismo albergaba una inquietante confesión: el comunismo, esa ideología científica e internacionalista de vocación universal, no valía, por alguna razón, para Europa, de forma que había que modificarlo para hacerlo más "euro" que “comunismo”. Y esa razón no era otra que el sentir general de una juventud que no había vivido, como se enuncia anteriormente, las condiciones objetivas de opresión causadas por el capitalismo clásico. Esa razón era, en definitiva, la opinión masiva de la juventud de mayo del 68. Masiva, sí, eso que el comunismo nunca ha sido y que no ha necesitado para establecerse allá donde ha alcanzado el poder.

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Así pues, algunos de los principales partidos comunistas europeos, como el francés de George Marchais, el italiano de Enrico Berlinger y el español de Santiago Carrillo abrazaron sin reservas aquello del Eurocomunismo y renunciaron sin rubor al Marxismo-Leninismo y al sistema orgánico del Centralismo Democrático. El PCF y el PCI lo hicieron en medio de un entorno político democrático y lo cierto es que, a corto plazo, los resultados fueron apreciables. El Eurocomunismo parecía tener algún sentido al fin y al cabo. Pero el PCE no existía en un entorno democrático. De hecho, España no era consideraba seriamente Europa en aquellos tiempos, debido precisamente al régimen dictatorial que la gobernaba. Era obvio que el traje del Eurocomunismo no le sentaba tan bien a los españoles como a los italianos o a los franceses y no precisamente porque al sur de los pirineos seamos más chaparros y más rellenos sino porque, sencillamente, no estaba hecho a nuestra medida. Marchais le vendió a Carrillo una ideología Prêt-à-porter que no acababa de encajar en nuestras circunstancias. La consecuencia no se hizo esperar y fueron los veinte tristes escaños del 77.

Pero, lejos de percibir el error, Carrillo y su cúpula consideraron que ahondar en esa línea era la solución. Ante el poco peso que sus escaños le daban en el proceso constituyente, en lugar de tomar la calle y denunciar los consensos que se iban a producir, decidió inopinadamente tomar parte en ellos. Propuso como ponente en representación del PCE a Jordi Solé Tura, jurista brillante pero eurocomunista convencido que apenas una década después acabaría en el PSOE y llegaría a ser ministro de Felipe González. Entre el perfil de Solé Tura y el poco peso en la mesa constituyente, la labor del PCE se limitó a tratar de apoyar ambigüedades que moderasen la aplicación de una constitución claramente liberal y poco social, según quién las interpretase. Consecuencia: mismo batacazo en las elecciones generales de 1979 con veinticuatro escaños, veinte más que tras el descalabro del 82. Esos cuatro escaños provocaron una crisis dentro del partido que acabó con el abandono de Carrillo de la Secretaría General y su expulsión del partido.

Poco después, la entrada de España en el hiperliberal Mercado Común y en la OTAN en 1986 de la mano del Partido Socialista confirmó lo que años antes supusieron los disidentes del PC Punto (ahora PCPE) y otros: que el Eurocomunismo era una renuncia encubierta a toda consecución social. Fue entonces cuando surgió Izquierda Unida como reacción pero sin retornar al Marxismo-Leninismo. El resultado de este último giro ya entra dentro de la franja temporal que podemos recordar: la disminución progresiva de la presencia parlamentaria y mediática de IU –excepción hecha del oasis que representó la etapa de Julio Anguita- hasta el punto de que la formación fue incapaz de rentabilizar el descontento provocado por la crisis y el movimiento derivado del 15-M, consecuencia directa del abandono del marxismo en aras del eurocomunismo décadas antes. El surgimiento de un nuevo modelo de socialdemocracia no marxista alrededor de Podemos le escamoteó a Izquierda Unida y al PCE su último espacio posible hasta forzar a la coalición a integrarse electoralmente en aquél partido, renombrado como Unidos Podemos.

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Sin embargo, tras esta travesía de cuarenta años por el desierto, parece que el PCE vuelve a orientarse hacia su tierra prometida, o al menos tiene la voluntad de ello. Hace tres días concluyó su XX Congreso, en el que la militancia decidió recuperar el Marxismo-Leninismo como ideología y reintegrar la estrella de cinco puntas a su imagen corporativa. Es pronto para analizar si ello tendrá consecuencias palpables, como la recuperación real del Centralismo Democrático como sistema orgánico, pero lo que es seguro es que reabrir el debate del Marxismo-Leninismo en el PCE cuarenta años después demuestra que las condiciones sociales existentes en la actualidad se comportan de manera muy diferente a las de 1977. Queda por saber si militantes y simpatizantes de la izquierda se comportarán también de manera distinta a entonces.

La opinión del autor no coincide necesariamente con la de TerceraInformación

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