Superar la constitución de 1978 para poder construir un futuro de convivencia

La Constitución de 1978 es una Constitución que debería poder superarse, forma parte del problema, es una de las causas de la involución que vivimos a todos los niveles en la actualidad.

Porque es una Constitución “freno”, que no permite seguir avanzando, ni en la convivencia entre los pueblos que comparten el Estados español, ni en la construcción de un Estado social.

La Constitución de 1978 es el reflejo de un contexto y un momento histórico diferente al actual, nace de un periodo de excepción donde el fascismo tenía todo el poder en sus manos y amenazaba con utilizarlo.
Yo soy un padre de 43 años y no la he votado y como yo no lo hicieron aquellos nacidos después de 1960, algo que entiendo que también debe ser valorado y tenido en cuenta.

En la Constitución existen artículos positivos que no se cumplen, entre otras cosas porque la constitución a esos artículos no les ha dado un carácter vinculante, por este motivo son más bien un adorno que un artículo de una constitución. Bien distinto es el caso de algún artículo que defiende los intereses de la oligarquía, como el famoso 155.

La Constitución de 1978 es en su esencia es el garante de los privilegios de una oligarquía que mayoritariamente heredó su posición del franquismo. Es una Constitución que defiende intereses de la oligarquía, no los de la clase obrera.

Debería haber llegado el momento, después de tantos años, de hablar sin miedo de la necesaria reforma de esta Constitución de “transito” o hasta de “traición” para algunos. Debería ser posible una nueva Constituyente.

Temas que en su momento se dejaron en el tintero por miedo, hoy tendrían que retomarse. Cosas tan importantes como el modelo de Estado, el derecho a la autodeterminación de los pueblos, Monarquía o República, la defensa de lo público, el blindaje de los derechos de los trabajadores y un largo etcétera.

La Constitución debe ser vista como un documento vivo, que sirve como herramienta para la convivencia. Y no como un arma en manos del Estado o los llamados partidos mayoritarios para mantener sus privilegios.

La opinión del autor no coincide necesariamente con la de TerceraInformación

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