Monstruo de agua...

09/02/2018
Había una vez un monstruo que lanzaba agua por todos los rincones. Era un monstruo un poco estrafalario, un poco locateli, un poco derrotado, pero con una profunda pasión en su mirada.
La humedad de sus ojos y el agua que lanzaba por los rincones, hacían de su vida una mojadura, o sea una mojada locura. Cuando sonreía, creía que la humedad de sus ojos mojaba el corazón de las personas queridas, y mojaba también su corazón.
Estaba tan loco, loco del teli, locateli, que caminaba por los mundos sutiles de la imaginación y la realidad, peleando con el viento de lo molinos, con los molinos no porque con ellos ya se había enfrentado su amigo Alonso Quijano. Pero un día entre vientos y vientos se encontró con un ciclón.
Después de la derrota, se olvidó de mojar, luego se olvidó de sonreír, más tarde sus ojos perdieron la humedad y finalmente su corazón se fue secando lentamente, como una hoja de plátano en el otoño de Montevideo.
Ahora, al monstruo del agua le duele la mirada porque ya no tiene lágrimas, ya no tiene recuerdos, ya no tiene dolores, aunque le duela la memoria. Ya no tiene alegrías, aunque le alegre la memoria, ya no tiene agua aunque lo moje la lluvia. Ya no tiene tristezas, aunque le duelan las lágrimas. El monstruo no está loco aunque le digan loco del teli. El monstruo no está cuerdo aunque le pidan que invente alguna historia. El loco no es un monstruo, aunque siga lanzando agua sobre la memoria, y la memoria lance agua sobre las imágenes del monstruo, y el  loco sea una isla, y la isla solo sea una luna cayendo en un balcón, y el balcón solo sea una flor creciendo en una cama, y la cama solo sea el amor creciendo en el alma, y el alma solo sea el monstruo dolido del amor, dolido del odio, dolido del dolor, dolido del agua que golpea en la ventana.
La opinión del autor no coincide necesariamente con la de TerceraInformación

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