¿De dónde salió Bolsonaro?

17/10/2018

Simplifiquemos: de la crisis. De la peor crisis capitalista desde 1929. Del mismo lugar que salió Trump, Le Pen, el Brexit, y la ola ultra fascista en toda Europa. Todos ya existían, pero eran personajes o discursos casi pintorescos, por lo burdo, por lo nazi, por lo retrógrados. Pero la crisis les dio voz.

Cuando se agotan todas las recetas sistémicas y la recesión no cesa; cuando toda la podredumbre humana que provocan las crisis sale a flote y los canales tradicionales no logran drenarla, aparecen estos figurones y movimientos mesiánicos y extremistas, que proponen soluciones mágicas y drásticas.

De la crisis, la muerte y la miseria brota el fascismo.

Veamos.

Números que hablan

Después de 2010 el PBI de Brasil no ha parado de caer. En 2014 el crecimiento era de apenas un 0,5%, mientras que en 2015 y 2016 el PBI cayó más del 3%, por dos años consecutivos. Recién en 2017 salió del pozo recesivo, pero alcanzó apenas un 0,3%.

Esos números fríos se traducen en situaciones de miseria, desempleo, pobreza, etc. Que a su vez se traducen en miedo, desazón y violencia.


PBI brasil BM
PBI Brasil, fuente Banco Mundial

Por ejemplo, el desempleo no ha parado de crecer. Según datos de la CEPAL, las tasas crecen abruptamente desde 2015. Y en 2017 ha alcanzado la cifra del 14,5%.  Mientras se implementa la reforma laboral más desreguladora y anti derechos del último siglo.

Por otro lado, la tasa de homicidios, que ya era alarmante, alcanzó un nuevo record en 2017. La brutalidad de los datos es de tal magnitud que supera a los de un país en guerra. “Durante todo el 2017, se produjeron un total de 63.880 homicidios, un promedio de 175 por día y 7,2 por hora”. Mientras que en la última década el número de muertes asciende a 553.000 personas ¡El equivalente a toda la ciudad de Santa Fe! Como usted podrá imaginar, los porcentajes aumentan en las regiones más pobres del país, entre los jóvenes y tiene como víctimas preferenciales a los afrodescendientes. En síntesis: jóvenes pobres y negros.

A la par, se han incrementado de manera notable todas las formas de violencia hacia la mujer. Los femicidios se incrementaron en 6% entre 2016 y 2017. Mientras que las violaciones en un 8,4%, con el agravante que el 50% se verifica históricamente entre niñas menores de 13 años.

También durante el 2017 aumentó un 20% la violencia policial. 14 muertes por día en intervenciones policiales. Una de las fuerzas policiales más letales del mundo. Pero además, las cifras podrían ser mayores, ya que los organismos que verifican estos números admiten que las fuentes oficiales suelen estar severamente distorsionadas.

Está claro que hablamos de problemáticas estructurales de Brasil. Ninguna nació en los últimos años, pero el azote de la crisis las ha intensificado de manera rápida y letal.

Hay más.

Los barones brasileños

Todos los estudiosos, incluso los neoliberales, concuerdan que después de 2008 se ha profundizado la desigualdad en el mundo. Tan sólo 8 personas (8 varones en realidad) poseen ya la misma riqueza que 3.600 millones de personas, la mitad más pobre de la humanidad.

Brasil se distingue particularmente por ser uno de los más desiguales de Latinoamérica. Según OXFAM, seis brasileños (todos varones) concentran la misma riqueza que toda la mitad más pobre de la población, más de 100 millones de personas. Y el 5% más rico tiene los mismos ingresos que el restante 95% junto.

Bolsonaro no salió de un repollo. La miseria, la desigualdad, la violencia, la cultura de la violación y la muerte han sido los potentes fertilizantes para que crezca el fascismo, el racismo y el terrorismo estatal.

Días antes de las elecciones, la encuestadora Datafolha dio a conocer los resultados de una pesquisa que expone radicalmente los sentimientos de la mayoría de la población: “rabia”, “desánimo”, “miedo al futuro”, “tristeza”, “inseguridad”, “más miedo que esperanza”.

A todo esto hay que agregarle determinados condimentos del mapa político, que permitieron que los brotes verdes del “fascismo carioca” tiraran tallo y tronco.

Datafolha

Dilma, Dios, las fakenews y el capataz bueno de la Casa Grande

Es imprescindible insertar el ascenso de Bolsonaro en los marcos del golpe de Estado parlamentario/judicial que destituyó a la presidente constitucional Dilma Rousseff, en 2016. Ese golpe abrió las puertas para la consecución de diversas medidas de carácter antidemocrático. Desde la militarización de las favelas, el asesinato terrorista de la concejala y activista de izquierda Marielle Franco, la intromisión pública y abierta de las Fuerzas Armadas -que han salido a amenazar con un golpe de Estado- hasta la prisión y luego proscripción del ex presidente Lula Da Silva.

Frente a esta serie de hechos el PT apeló más a la “legalidad”, ya rota por la burguesía, que a la movilización de masas. En este escenario fue creciendo la “única alternativa de cambio”, en un Brasil zanjado por los miedos y la desesperanza. Como dice Fabio Luis Barbosa dos Santos, en una nota muy interesante: “Quien está sin trabajo tiene miedo del hambre, y quien trabaja tiene miedo del desempleo. Todos tienen miedo de la violencia y también tienen miedo de la policía. En un contexto de desprestigio de las formas colectivas de lucha, Bolsonaro prometió el orden mediante la crueldad”.

Resulta interesante además el hecho que Bolsonaro haya crecido al margen e incluso en contra del poder mediático hegemónico (no son omnipotentes). Aparentemente el discurso del facho carioca se ha amplificado a través de “la producción sistemática y profesional de noticias falsas (fakenews) que perforan las barreras de lo verosímil. También la utilización de aquellas herramientas que escapan a los controles de verificación y permiten ampliar infinitamente el radio de acción: mucho whatsapp y YouTube, poco Facebook, Twitter e Instagram”.

Además, su discurso homofóbico, patriarcal y conservador ha encontrado un aliado muy potente: las iglesias evangélicas. Que ya dominan medio parlamento, tiene varios canales de TV y una presencia avasalladora entre el pueblo pobre que, como hace milenios, busca la salvación en el más allá.

Donde predomina el pensamiento religioso, desaparece el pensamiento crítico y por ende las posibilidades de una política emancipadora. Resulta muy ilustrativa esta anécdota contada por Pablo Gentili en Página/12: Pocos días antes de su destitución, Dilma Rousseff le pidió a la ministra de Desarrollo Social que hiciera una encuesta entre las mujeres que participaban del programa Bolsa Familia (una especie de AUH brasileña). “Cuando les preguntaron si su vida había cambiado gracias a esta iniciativa, más del 90 por ciento de las mujeres consultadas dijo que sí, que había cambiado para mejor, mucho o muchísimo. Cuando les preguntaron por qué, más del 80 por ciento dijo: “Gracias a Dios” ”.

Amén.

Por otro lado, la anécdota expresa las limitaciones de las políticas asistenciales “progresistas”. En ese sentido, resulta muy interesante otro testimonio recogido por Mario Santucho para la Revista Crisis, durante una recorrida de campaña por la favela “Ciudad de Dios”:

“Cuando le pregunto cómo ve la batalla presidencial, dice que los gobiernos del PT fueron los mejores que vivió pero las mejorías fueron migajas y no cambió nada realmente. Recuerda cuando en 2006 trajeron a Lula. “Miles de personas aquí adentro, desbordaba, tuvimos que cortar la avenida, había mucha esperanza”. El balance que trasmite es durísimo: “A mí me parece que Lula terminó siendo como el capataz bueno de la Casa Grande, que le tiraba migajas a la senzala”.

La analogía es brutal, pero la realidad actual de Brasil y América Latina nos obliga a profundizar los balances sobre el denominado “ciclo progresista”. Sobre todo, en momentos como el actual, donde la ofensiva del capital vuelve a lucir el rostro del fascismo más descarnado cabe hacerse la pregunta sobre el carácter de proyectos políticos que quisieron construir capitalismos “serios”, “humanizados” o “distributivos”.

Preguntas: ¿Cuánto habrán contribuido al estado actual de cosas? ¿Es posible reeditar el escenario de acumulación brutal extractivista con cierta distribución de sus excedentes? ¿Será posible otra agenda?…

El futuro está abierto

Brasil importa. A casi 30 años de la finalización de la última dictadura genocida de Sud América (Chile 1990), el tufo pestilente del fascismo está inundando la región. Nada ni nadie podrá ser indiferente a las grandes olas de violencia desatadas por el capital en la búsqueda por recuperar sus tasas de ganancia.

A modo de cierre elijo estas ideas de un escrito anterior:

“…Cada crisis es una oportunidad
Sentencia la burguesía
Y devora más trabajo, más planeta, más vida y diversidad.

Mientras,
la propaganda habla de capitalismos buenos
Organismos internacionales que cambiaron
Y derechas modernas, que aprendieron

¡El fascismo camina a paso redoblado!

Cada crisis, una oportunidad…

Pero las crisis también parieron revoluciones.
Esa es la única pelota que pica en nuestra cancha.
Y la única oportunidad para la especie.
¿Hay equipo?

Fuente: La Palabra Caliente

La opinión del autor no coincide necesariamente con la de TerceraInformación