Cultura • 14/07/2020

“Todo era posible: Revistas underground y de contracultura en España, 1968-1983”, de Manuel Moreno y Abel Cuevas. La voz del subsuelo

El espacio que hay entre el llamado aperturismo franquista y la consolidación de la “movida madrileña” es el lapso de tiempo escogido por los dos autores de esta obra para recopilar una amplia muestra del entramado de revistas sobre “cultura alternativa” que poblaron los, ya casi extintos, quioscos de nuestra geografía.

“Todo era posible: Revistas underground y de contracultura en España, 1968-1983”, de Manuel Moreno y Abel Cuevas. La voz del subsuelo

Que la historia la escriben los vencedores es algo que a estas alturas nadie pone ni siquiera en duda. Una imposición, como ganadores, que no se circunscribe a implantar aquellos hitos que hay que venerar, señalar las guerras dignas de elogio o, en definitiva, estipular las incuestionables verdades a las que acogerse; más allá de todo eso, su pensamiento dominante también ha pretendido colonizar la cultura popular y/o de masas. Frente a esa búsqueda de la homogeneidad y de la política del consenso generalizado, siempre han existido versos libres empeñados en evitar el entierro de todos esos otros caminos que conducen a un pensamiento ácrata e insurgente, en definitiva enemigo de la versión oficial. Son precisamente ellos los protagonistas de «Todo era posible. Revistas underground y de contracultura en España, 1968-1983» (Libros Walden), libro escrito a cuatro manos entre Manuel Moreno y Abel Cuevas y que ya en el propio subtítulo condensa a la perfección su contenido.

No se trata de dos fechas aleatorias las elegidas para acotar la recopilación aquí elegida. Porque si la primera de ellas (1968) marca el relativo aperturismo vivido durante los estertores del franquismo, que trajo consigo por ejemplo la Ley de prensa promulgada por Manuel Fraga, la segunda (1983) significa la consolidación de la llamada “Movida madrileña”, movimiento vendido habitualmente como un soplo de aire liberador y en estas páginas señalado, en lo que resulta ser uno de los argumentos más contundentes y valientes que contiene la obra, como un estratégico muro de contención respecto a cualquier atisbo de cultura alternativa. Será a través de más de 250 jugosas páginas, tanto en forma -repletas de un riquísmo material gráfico de la época- como en fondo -aportando buenas explicaciones y contextualizaciones-, donde se recojan una serie de publicaciones que surgidas del underground y sostenidas en la contracultura, no solo pretendieron exhibir un amplio abanico de las variadas representaciones artísticas y culturales existentes, sino por encima de todo ofrecer una manera diferente de entender, y ver, la vida.

Para poder comprender el surgimiento, y paulatino desarrollo, de todo este movimiento es necesario conocer ciertos escenarios socio-culturales que actuaron como elementos propiciatorios. Por ejemplo la cada vez mayor presencia de hippies en diversos puntos de la geografía (desde Ibiza hasta los rastros de las grandes ciudades), el flujo de información que entra por medio de las bases americanas instaladas en suelo español e incluso el regreso de esas generaciones que habían podido cursar sus estudios en el extranjero. Sin ánimo de generalizar, es indudable que el ideario beatnik supone el principal hilo conductor a la hora de sacar a la luz un pensamiento que se muestra alejado de las servidumbres ejercidas por la religión católica y su moral, ofreciendo novedosas y desprejuiciadas miradas sobre el medio ambiente, el feminismo, las relaciones sexuales o las drogas. La semilla ya está plantada, ahora solo falta regarla y observar cómo crece.

Al igual que sucedió en la mayoría de lugares, también en España serán las publicaciones con temática musical, pese a que las existentes por aquel entonces estuvieran focalizadas en el mainstream más convencional, las que hagan el papel de avanzadilla. De ahí la relevancia otorgada a representantes del gremio como Disco Express o sobre todo Radio Popular, siendo el equipo que formaba ésta, compuesto por Juan de Pablos, Diego Manrique, Gonzalo García Pelayo y Adrian Vogel, el encargado, con su entrada en 1973, de dar forma a la que el consenso parece señalar como la primera publicación underground española, AU (Apuntes universitarios). Pese al corto espacio de vida que tuvo tal aventura, sin embargo sirvió como germen para que esos mismos implicados crearan Ozono (por la que ya iban a pasear firmas como las de Rafael Chirbes), que junto a Star y Ajoblanco se constituyeron como la tricefálica cabeza de toda una red, a la que incluso se sumarían proyectos de naturaleza, a priori, alejada como Triunfo o Revista de Occidente, que no cesaría de crecer y ramificarse.

El otro vértice sobre el que se sostuvo esa cada vez más tupida maraña de publicaciones provino de Barcelona, concentrándose en el arte del cómic, o Cómix, por usar la terminología afín. Un centro neurálgico que de nuevo surgía posibilitado por la proliferación de hippies en lugares como Las Ramblas, el hervidero en el que se convierte el Barrio Chino y la cercanía geográfica de la Ciudad Condal respecto a las Islas Baleares, cuna, ya entonces, de presencia extranjera. Serán los ahora míticos Nazario Pau Riba, Max o Javier Mariscal quienes empiecen a agitar sus lápices y papeles, haciendo de El Rrollo Enmascarado, y su catálogo de sexo, violencia y humor absurdo, el buque insignia de todo un movimiento que se irá reproduciendo pese a las continuas trabas legales y represivas con las que se va topando.

Presentadas de esta manera, uno puede tener la sensación de que todas estas revistas, a las que con la paulatina facilidad para acceder a métodos de impresión se les añadirían los fanzines, fueron solo el reflejo de un universo atomizado y minoritario. Y si bien es cierto que muchas de esas páginas tenían una vocación restringida y un público reducido, no lo es menos que alguna de ellas llegó a acumular tiradas de hasta cien mil ejemplares. Si sumamos a esas altas cifras el cada vez más boyante, en cuanto a registros y procedencias, universo editorial existente, y en el que se van acumulando referencias como El Víbora, Popular 1, Hermano Lobo o El Viejo Topo, el resultado refleja una considerable implantación y representatividad en el tejido social de la época, significando mucho más que una mera anécdota pintoresca.

Nunca es un ejercicio sano, ni fiable, comparar épocas tan diferentes como lo son la actual y la que se refleja en esta obra. Lo que tampoco resulta aconsejable es desoír las enseñanzas prestadas por todos aquellos que durante años, algunos especialmente duros y complejos, solventaron todo tipo de trabas para buscar un hueco a esas manifestaciones y actitudes que se niegan a ser fagocitadas por el pensamiento único. No pretendían con todo ello ni asaltar los cielos ni cambiar el orden mundial, siempre fueron conscientes de que su tarea en ese sentido estaba llamada a la derrota. Sin embargo, lograron la victoria en un plano posiblemente más puro y esencial: ofrecer una nueva luz a la mirada de muchos de sus lectores. Ellos pudieron hacerlo, y al margen de servir como contenido a este excelente libro, su legado primordial es hacernos reflexionar sobre la necesidad de no dejar escapar la oportunidad para seguir escribiendo la historia según los perdedores, porque nadie lo va a hacer por nosotros.
 


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