27/07/2020

«Las mascarillas solo le han dado imagen a un mutismo que viene de lejos»

  • Entrevista con el filósofo Ignacio Castro Rey sobre vulnerabilidad de rebaño.
  • El autor del libro “Lluvia oblicua” (Pre Textos, 2020) nos habla en este encuentro de los temas que se desprenden de su nueva obra, pero también se detiene a analizar todo aquello que hoy sacude nuestra vida a partir de la pandemia. ¿O acaso “Lluvia oblicua” no es una consecuencia directa y necesaria del mundo actual? ¿Cómo vivir hoy sin empaparse de una saturación informativa y vivencial?
«Las mascarillas solo le han dado imagen a un mutismo que viene de lejos»

Pregunta: – ¿En qué estado mental nos pilló el coronavirus en esta parte del mundo?

Respuesta: – ¿Nos pilló? Cada quien tuvo su sufrimiento, con frecuencia muy distinto. Aunque en este caso pandémico es necesario profundizar, cosa que por norma no se hace, como si se tratara de una simple fatalidad médica. Acaso se pueda decir que entre nosotros el término medio social era ya, desde mucho antes de este virus, de una generalizada pandemia. Pandemia de normalidad, de miedo, de contagio informativo, de comportamiento grupal en lo político, de interdependencia «global», etcétera. El Covid-19 llovió sobre una pandemia crónica. Hace mucho tiempo que la masificación, una especie de «inmunidad mental de rebaño», peligrosa porque nos hace sordos (todos juntos y apretados nos sentimos protegidos), parece salvarnos de una naturaleza que es mortal ante todo porque es única, intransferible. Cada persona es un absoluto que lidia con la muerte, y de esta singularidad nada sabe la ruidosa colectividad pública. En última instancia la relación con la muerte reparte el dolor, la fortaleza, el carácter, el poder… e incluso «la suerte» de maneras muy distintas. Ahora bien, a diferencia de la espiritualidad cristiana, el capitalismo encarna una religión de la huida, de la fuga de la tierra, con una acumulación numérica contra la muerte. Y este espejismo, bastante pueril, no sirve de mucho en momentos de peligro. Vivimos desde hace tiempo, con otra vuelta de tuerca en cada década, en un conductismo de masas, una especie de dictadura democrática amañada por los medios, el entretenimiento, los políticos, la élite y los expertos… Nadie quiere estar a solas con nada, perder cobertura gregaria y quedarse atrás, «marginado» socialmente. Ni Kant pudo imaginarse la dimensión que en esta última modernidad tomaría la burbuja del miedo, con la consiguiente dependencia infantil de cada adulto frente a lo que él llamaba civilidad. Sin duda, esto nos hace muy vulnerables a algo que se propaga en masa y además nos toca de modos muy distintos. Apenas tenemos recursos de independencia personal. Pobre de quien no tuviera en estos meses pasados armas primarias para salir adelante. Mamá Estado, y aceptar esto cuesta mucho en la España actual, es una institución muy limitada ante urgencias reales que tienen que ver con la vida y con la muerte.

P: – ¿Qué vergüenzas, públicas e privadas, está dejando con el culo al aire esta pandemia?

R: – Pienso que se salvaron pocas cosas. Por una parte, los gobiernos, también el nuestro, quedaron al pairo, dando bandazos e improvisando cada día. Nacida de una normalidad también pandémica, lo que llamamos gestión nunca está a la altura en las emergencias reales. A su vez la información, a través de una repetición machacona, no dejó de dar cada día versiones muy distintas de cuestiones cruciales. La venerada ciencia, corrompida por la opinión pública y la empresa, lo mismo. Cada sagrada institución, también la tecnología, hizo el ridículo a su manera. Todos nuestros grandes mitos, incluida la inteligencia artificial y el mundo virtual, se mostraron inermes ante la pequeña irrupción de una naturaleza que considerábamos superada. Hay que reconocer que con frecuencia la filosofía «deconstructiva» de las últimas décadas también sostuvo esta estupidez progresista de la «superación», de la liquidación de lo real. La actual liquidez no vino sola. A despecho de tales ilusiones sociales, parte de nuestra salud consistió durante esos meses en aprender a desconectar de la información y lo social para pensar desde las grietas del ruido público, reinventando nuevas formas de vida y de proximidad comunitaria.

P: – Nuestro ideal de vida, basado en la seguridad de tener cosas y creer “certezas”, ¿cómo queda?

R: – Debería quedar muy tocado. De aquí en adelante tendríamos que recuperar tecnologías corporales y mentales nuevas, una musculatura de la percepción, una fuerza de la decisión y la intuición, que nunca debimos dejar morir a manos de la «sociodependencia». Y también recuperar otra mentalidad, menos endogámica y consumista. Pero me temo que no será así, sino más bien lo contrario. Primero, porque «lo malo pronto se olvida». Segundo, porque debemos tener en cuenta la consistencia casi «religiosa» de nuestros valores de grupo: la Seguridad, El Bienestar, la Sociedad, la Economía, el Estado, el Mercado, el Desarrollo, el Nivel de vida… Cuando una religión triunfa, y en Europa vivimos flotando en una poderosa versión laica del credo de la cobertura, el demonio de lo real siempre queda lejos. Los herejes del nuevo dogma seguirán siendo escasos. Y probablemente perseguidos como «negacionistas», palabra de uso frecuente que delata el fanatismo religioso de nuestras convicciones colectivas. Me encantaría equivocarme en este punto, de verdad, pero no estoy seguro de que ocurra.

P: – El pensamiento occidental y científico ¿cómo va a salir de esta situación?

R: – Recordemos primero que Ciencia y Occidente no son términos equivalentes. Hay una poderosa ciencia oriental, al mismo tiempo que hay una poderosa mitología occidental. La racionalidad y la irracionalidad están muy repartidas, y de modo harto complicado… Puede ser que otras naciones (China, Rusia, Irán, India…) vean reforzado su papel mundial. En este sentido, quizás pueda aparecer otra mentalidad e incluso otra ciencia. Es posible que en pocos meses haya medicamentos paliativos y vacunas muy distintas… Pero entre nosotros no veo fáciles cambios importantes en el horizonte. No «saldremos más fuertes», como dice el anuncio, sino más débiles y con más miedo. Más dependientes del poder faraónico de las altas instancias. Creo que no exageran mucho quienes vaticinan, como Agamben y Han, una marea redoblada de Vigilancia estatal y una nueva intensidad de la servidumbre voluntaria en las poblaciones.

P: – La sociedad de la información y del conocimiento, ¿sabe lo que hace? ¿De qué tenemos información y conocimiento hoy?

R: -Ninguna sociedad «sabe lo que hace», diría Freud. No existen las sociedades no represivas, que no tengan que mentir, engañarse a sí mismas y usar poderes míticos para mantenerse. Además de esto, es posible que nunca hayamos visto una sociedad más ignorante que la llamada Sociedad del Conocimiento. ¿Por qué? Porque funciona con una poderosa diversidad programada en bloque, con logos empotrados en un enorme complejo industrial, comunicacional, tecnológico y militar. El dictado chino es más sencillo. Por contra, nuestro «pluralismo» nos confunde. Es solo un enorme tinglado de aparente diversidad consumista que nos desarma. Por debajo, somos cautivos de una profunda igualación, de una indiferencia oculta bajo diferencias meramente mercantiles. El capitalismo es un espíritu, decía Weber. Es una especie de inmunidad mental de rebaño que nos hace sordos al exterior terrenal. Hasta la ciencia normal, diría hoy Kuhn, ha entrado en una vía de mantras reiterados, con un efecto hipnótico. Cuando el automatismo de las redes y de la información ocupa el lugar del pensamiento, mala cosa. ¿Quién se atreve hoy a sentir y expresarse de modo realmente distinto sobre el cambio climático, la sexualidad, el progreso, el feminismo, la ecología, la ciencia o la tecnología? Pocos, raros ejemplares humanos que en general serán silenciados. Vivimos en medio de una gigantesca rueda sorda: las mascarillas solo le han dado imagen a un mutismo que viene de lejos. La información cree en las «noticias» y los «datos», pero esta creencia generalizada ignora que lo que vivimos a diario, bajo nuestras pantallas uniformes, es siempre singular, limitado por los intereses y el inevitable perspectivismo de los enfoques… Lo que importa en China no importa nada en España. Y viceversa. Lo que le importa a María no le importa nada a Luis. ¿Estamos preparados para esto, para el simple hecho de que cada vida es única? Nietzsche dijo hace mucho tiempo: no, no lo estamos, pues vivimos en la religión social de la uniformidad. Y la verdad, bajo cuerda, es que no existe ninguna «objetividad» que no esté tocada por el virus de la deformación real, subjetiva. Sea la cultura, el individuo o la colectividad, nada se libra del «egoísmo» inevitable de la percepción. La información opera en un plano; las tragedias suceden en otro.

P: – ¿Cómo ves la relación individuo-Estado en un futuro inmediato, o el Estado ya son las élites?

R: – De un modo manifiesto u oculto, toda sociedad es de castas. Por «democrática» que sea, ninguna sociedad deja de estar jerarquizada, dirigida por una élite que defiende ferozmente, con la legalidad o con la violencia, sus privilegios. Pero efectivamente, para complicar cualquier resistencia, funciona entre nosotros una demagogia de la horizontalidad. El «capitalismo consciente» opera con una fusión global de economía, espectáculo, tecnología, consumo, ciencia y Estado. Lo que importa, en nuestro espectacular Estado-mercado, es cerrar todas las salidas, que no haya referente externo. De un modo u otro, todos nosotros somos «prisioneros políticos» dentro de esa gran red donde la diversión, con sus dosis de crueldad selectiva, es obligatoria. ¿Cómo salir de ella? De ninguna manera, dice a coro nuestros líderes, que al fin y al cabo (de derecha a izquierda) viven de un público cautivo. Por eso, tras cada nuevo susto, insisten en que hay que aumentar la interdependencia. Ésta es la forma compartida con la que actualmente opera el poder y sus abusos. Vivimos en el vientre de una serpiente que se muerde la cola y siempre concluye en aumentar la dependencia del individuo con respecto al poder del Estado especular. Éste funciona con una geometría variable donde la normativa se improvisa a golpe de alarma social. Es una noticia terrible, pues este estilo interactivo del poder actual nos deja sin distancia ni armas frente a él. ¿Cómo se enfrenta uno a la niebla de un poder maternal, uterino, que quiere (como tu banco) ser fan de ti? La consecuencia no es difícil de prever: vendrán más catástrofes, traídas por la masividad, y nos pillarán más desarmados. Lo crucial es que la catástrofe, antes de que llegue en tal o cual forma, ya está servida en este funcionamiento normal de una integración obediente. Junto con otros, este mal de la cobertura lo diagnosticaron Heidegger, Ortega y Arendt hace casi un siglo, pero no se hizo caso. Es también preocupante que mi propio libro Lluvia oblicua, terminado medio año antes del coronavirus, adelante un peligro que se acercaba lentamente, sin rostro. Por desgracia, la humanidad solo aprende «a toro pasado». Y con frecuencia, al menos en nuestro caso, ni eso. Tenemos demasiados curanderos sociales a mano, que nos impiden extraer lecciones de los traumas reales.

P: – ¿La aldea global qué es, que va a quedar de ella después de este tsunami?

R: – La aldea global nunca fue otra cosa que un engañabobos, un instrumento de los poderosos contra los pequeños. A algunos nos encantaría que se agrietara. En particular, sería estupendo que el peso de lo que algunos llaman América, ignorando un inmenso Sur del continente, disminuyera en Occidente. Tendríamos mucho que aprender de otro «Occidente» anterior y menos puritano, también de las otras culturas exteriores, satanizadas por el rígido prohibicionismo del Norte. Pero nadie puede asegurar, con el miedo que se ha extendido como otra pandemia, que lleguemos a ver ese cambio.

P: – Como conocedores de la condición humana, ¿crees que vamos a aprender algo de todo esto?

R: – Deberíamos, pero antes… Tendríamos que aprender a vivir de otra manera, menos pendientes de lo que dice el gran hermano de la «opinión pública», el Estado y el espectáculo de la Información. Y no creo que eso mañana sea posible, pues toda nuestra religión laica que nos protege al precio de ensordecernos en una especie de autismo de rebaño. Una auténtica salida, una revolución cultural no podría ser en absoluto individualista, tipo «más aislamiento personal y más conexiones». Toda solución espiritual es comunitaria, genera comunidades. Pero esta salida hacia otro Occidente va a estar dificultada al máximo, también por el conjunto del progresismo. La comunalidad (la «identidad de especie») nos incomoda, por eso bombardeamos a diario las culturas comunitarias exteriores, sea con la publicidad de los Derechos Humanos (que representan, en definitiva, la obligación social de aislarse) sea con la amenaza militar. Lo que no consiga la economía lo conseguirán las bombas de fragmentación. La salida quedará solo para exquisitas minorías urbanas, que adornan una mayoritaria «solución» capitalista con la cual está comprometida la inmensa mayoría de la izquierda. Una resistencia minoritaria es algo, de acuerdo, pues impide que se cierre el círculo capitalista del complot contra lo real. Pero es triste que la población siga obedeciendo en masa, más o menos como en otra Edad Media desarmada ante las nuevas pestes.