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Colombia: Las Fuerzas Militares más allá de los “falsos positivos”, o el tinglado de vilezas

Más allá de los “falsos positivos”, habríamos de reparar en el conjunto de sus actos actitudes y comportamientos. Es de ver la acción represiva de la policía con el ESMAD, el abuso de autoridad en campos y ciudades, los atropellos a la ciudadanía, las mentiras y manipulación ante la opinión pública, la agresión con la erradicación de cultivos, la militarización de los territorios intimidando a la población.

La presentación del asesinato de civiles como "abatidos en el conflicto" regresa a la primera plana de Colombia / HRW

Es de valorar que el New York Time recientemente haya tenido a bien colocar sobre el tapete lo que han dado en llamar falsos positivos, que no por situarme en la política, sino en las trampas del leguaje que hace la política, la expresión ya al parecer adoptada, “falsos positivos”, desdibuja o acaso oculta los asesinatos a sangre fría del ejército colombiano sobre gente humilde, sean campesinos, trabajadores informales, o jóvenes en ardua pobreza. Con tan deplorable “hazaña” buscan ganar indulgencias o méritos cuando logran otra baja más. El tema cobro importancia. Pocos días después el Espectador refiere a un documento que fue remitido por la fiscalía a la JEP, que registra estos crímenes (1)

Es una realidad infame y violenta ya reportada por diversas organizaciones y entidades particularmente de Derechos Humanos. Entre ellas, de gran aporte, Human Right Watch en su informe del año 2015, que se constituye hasta hoy en un documento base para otros estudios-, en él, señalaba la responsabilidad de 16 Generales como responsables en ejecuciones extrajudiciales. Es impactante saber, de acuerdo a este informe, que se implicaban 180 batallones, lo que quiere decir: “que fueron cometidos por la gran mayoría de las brigadas en distintas regiones de Colombia a lo largo de varios años”. Que: “Entre 2002 y 2008, la ejecución de civiles por brigadas del Ejército fue una práctica habitual en toda Colombia”. Es de notar que refiere al periodo del gobierno de Uribe, -2002- 2010- mismo en que Juan Manuel Santos -2006-2009- fue su ministro de defensa. Para no extenderme, recomiendo leer un resumen de este informe que hoy cobra gran vigencia y actualidad (2). Si el New York Time causo revuelo, dígase igual de este documento en ese momento -gobierno de Santos-, que además de revuelo, brindo una visión rigurosa y fundamentada sobre este proceder. Solo que advierto, a quienes eximen de maledicencias al representante de la oligarquía en el anterior gobierno, que su reacción no disto de la del Duquecillo de hoy, y que entre otras, abalaba en las Fuerzas Militares del entonces, comandantes responsables de numerosos casos de ejecuciones extrajudiciales.

Los funcionarios gubernamentales y las fuerzas militares cuando se ven cogidos en flagrancia, o que sospechas levantan, lo acuñan a los militares de menor rango, no a quienes dan las ordenes, y en justificación mayor dicen que se trata de personal aislado o manzanas podridas, cuando se viene evidenciando entre noticias, reportes de hechos y sucesos y diversas fuentes investigativas, que no se trata de militares buenos y malos, se trata de una institución, que se ha trastocado hasta la infamia y en la que hay excepciones, y no a la inversa: algunas manzanas podridas.

Los “falsos positivos” o más exactamente las ejecuciones extrajudiciales muestra una de esas fibras del amplio espectro amargo y brutal que atraviesa nuestro país: el Terrorismo de Estado. Es sabido que las fuerzas militares no actúan independientemente de los gobiernos de turno, son un aparato del Estado que supuestamente debe proteger y defender a su pueblo, cuidarlo, garantizarle paz y tranquilidad y ocurre exactamente lo contrario, lo agreden, lo avasallan y matan.

A estas fuerzas militares, ejército y policía particularmente, he de referirme con harta pena, pena del alma y pena de vergüenza, por que ningún orgullo motivan, ni halago merecen quienes vienen acechando desde la sombra y de frente a los distintos sectores del pueblo: campesinos, indígenas, comunidades, estudiantes, trabajadores, obreros, desempleados, líderes sociales, sindicalistas y demás hombres y mujeres del pueblo. Es claro que sirven en exclusivo a la clase dominante, a la peor pléyade de empresarios, ganaderos, latifundistas, multinacionales y gobiernos de turno. Son, sin más ambages, un instrumento de esta clase para mantenerse en el poder, para asentarse en sus riquezas y privilegios a costa del sufrimiento, dolor y lágrimas de la mayoría de quienes hacemos parte de esta Colombia que se estremece entre sus garras.

No es tema de mi agrado y es tema proscrito, saben los lectores que estos de estos temas, no se puede hablar en tanto los quieren acallar. Mis respetos a quienes viene denunciado y evidenciando esta realidad, a las organizaciones y comunidades que vienen reportando las escenas de dolor y los hechos salvajes a que están expuestos y que viven en carne propia, son millones de seres de nuestro pueblo, somos una mayoría en el entretejido de la guerra que asesta la clase en el poder, y en ella, las llamadas “gloriosas”, Fuerzas Militares en Colombia.

Más allá de los “falsos positivos”, habríamos de reparar en el conjunto de sus actos actitudes y comportamientos. Es de ver la acción represiva de la policía con el ESMAD, el abuso de autoridad en campos y ciudades, los atropellos a la ciudadanía, las mentiras y manipulación ante la opinión pública, la agresión con la erradicación de cultivos, la militarización de los territorios intimidando a la población, los empadronamientos ilegales, y otros ensañamientos más con los operativos militares de enorme envergadura que ejercen contra los grupos rebeldes. Y qué decir, que mucho habría, de su acción entrelazada con el paramilitarismo, he aquí un capitulo extenso y brutal que ha sido develado con testimonios de las comunidades o las propias víctimas, con estudios y juiciosos informes, libros y otros reportes que documentan y soportan los hechos, e incluso han sido afirmados por los mismos jefes paramilitares que han tenido que dar cuenta de sus actos ante tribunales judiciales.

Acudo a una carta escrita por el sacerdote jesuita Javier Giraldo en 2013 y que revela estas perversidades. Que mejor que él, quien conoce desde lo profundo nuestra realidad, quien aboga por las justas causas de los humildes, el de las comunidades vilipendiadas que padecen los designios de la clase en el poder. Allí, en un entre texto refiere al comportamiento de las Fuerzas Militares, lo abre diciendo: “…., los tribunales internacionales están inundados de denuncias sobre genocidios y crímenes de lesa humanidad perpetrados por la fuerza pública en estrecha unión con las estructuras paramilitares”. En líneas seguidas hace una descripción impactante de las atrocidades que ha tenido que soportar la Comunidad de Paz de san José de Apartado, no es de dudar que es el reflejo fiel, con más o con menos, de lo que están viviendo las comunidades rurales en nuestro país. Poe ello me tome el atrevimiento de cambiar él “Ha” con que inicia, por “Han”, -no es solo a esta comunidad-  

“Han” sufrido demasiadas atrocidades por parte la fuerza pública que ha hecho presencia en sus territorios en evidente coordinación con los paramilitares: ejecuciones extrajudiciales, desapariciones forzadas, torturas, desplazamientos forzados, bombardeos indiscriminados, incineración de viviendas y de cultivos, pillajes de los enseres de supervivencia de los pobladores, …..privaciones arbitrarias e ilegales de la libertad... cercos de hambre, profanación de cadáveres, montajes judiciales, pago de falsos testigos, usurpación de funciones judiciales, amenazas, anuncios de exterminios y masacres, uso de personas y poblaciones como escudos frente a ataques enemigos difamaciones, manipulación de informaciones falsas, campañas de estigmatización….” Y un largo etc., termina diciendo: “esto lleva al menos 16 años de repetición sistemática con tolerancia (activa y pasiva) de todas las instituciones del Estado” (3).

¿Qué les parece?, por supuesto nada enternecedor, este cuerpo militar se ha despojado de sentimientos, y más bien, o para mal, estamos ante el sumun de un comportamiento de maldad. Las escenas que se podrían registrar en este escenario –muchas desgarradoras- llenarían páginas y páginas. Podrían decir los incautos, alienados, que es mentira o exageración, o repetir lo que quieren hacer creer los del Centro Demoniaco: inventos de la oposición, de la izquierda, de los comunistas, o lo que dice el actual ministro de guerra, digo de defensa: es una campaña de desprestigio. Pero así es, lo sabemos quiénes tenemos una mirada crítica y aspiramos a un cambio en nuestra sociedad, -que difícil añoranza-. Complementaré aludiendo a algunos de estos comportamientos que causan tanto padecimiento y dolor.

Hace 2 o 3 días leía, por ejemplo: “Policía Militar agrede a comunidades que se habían acogido a sustitución de cultivos de uso ilícito”, de inmediato lo asocié, como asocio siempre que veo este tipo de noticias, a la masacre de Tumaco, que muestra hasta dónde han llegado en estos operativos de erradicación de cultivos, es una práctica de la policía y el ejército, de inimaginable agresión cobre el campesinado abocado a estos cultivos para sobrevivir (4).

Otro reporte de estos días, por cierto, riguroso titula: “Intentos de empadronamientos de la Fuerza Pública a miembros de la Mesa Comunal por la Unidad y Resistencia del Catatumbo”. Versa de cómo el segundo encuentro de las comunidades campesinas del Catatumbo con los delegados del Gobierno Departamental, “se desarrolló en medio de las presiones que realizaron miembros de la Policía nacional y Sijín” sobre las y los campesinos que participaron de la mesa de negociación. Las instalaciones del Seminario se militarizaron. Nos dice que: “Los miembros de la fuerza pública exigían a las y los delegados de las comunidades campesinas, sus documentos de identidad para ser escaneados y el registro de su huella dactilar por medio electrónico de cada uno/a; esto como condición para permitir el ingreso”. “Los participantes manifestaron que tenían temor por su vida, seguridad e integridad física, siendo la respuesta de los uniformados el sarcasmo y las risas burlonas”. Pueden leer el informe (5). Cómo es posible algo así? Es, un cuadro de guerra, es qué ni a mínima tranquilidad tienen derecho? Imaginemos esto en carne propia, los militares respirándonos en la nuca, intimidando y aplicando la terrible estrategia de empadronamiento, que ha “servido para judicializar y perseguir a los luchadores populares”. Es de entender la angustia, el miedo y el desespero del campesinado en esta situación.

O hechos como el reciente en que el horror se hizo tangible, no pudieron ocultarlo por la valentía de la comunidad: el asesinato acometido por militares del campesino, Dimar Torres, otrora miliciano (6). Que le mutilaron su órgano genital, que tenía marcas de tortura en las manos y las piernas, varios golpes en el cuerpo, su cráneo estaba desfigurado. Lo asocié a otros hechos con las mismas características acuñadas a los paramilitares, y “ahora son dos que me parece uno”. Me hizo exclamar: ¡de qué material están hechas personas capaces de hacer tal ignominia!? Realmente son seres humanos?, es qué no sienten?, no tuvieron madre?, no se dan cuenta lo que hacen? Como si no bastara el Ministro de “Defensa”, respaldado por el monigote que tenemos de presidente, desfigura la verdad así como desfiguraron a Dimar. He aquí otra de las típicas maneras de actuar las Fuerzas militares, -ejército y policía-, -fuente preferida de la gran prensa-: mentir, manipular, ocultar los hechos, negarlos o acuñarlos a otros actores, siempre con el respaldo y exaltación de los presidentes y funcionarios de turno.

Y también hemos visto y sentido palpablemente la represión desenfrenada de la policía del ESMAD. El “tratamiento de guerra a la protesta social” con ese aparato de represión que ha dejado por doquier muertos y heridos, ejemplos muchos. Recientemente el de la Minga Indígena en que el hostigamiento militar de la fuerza pública, los sobrevuelos intimidatorios de helicópteros, fueron acompañado de las amenazas de muerte de los paramilitares, la estigmatización y otros desmanes (7)

En hechos puntuales también hemos palpado la sevicia. Cuántas veces no hemos visto a la policía, agredir indigentes o habitantes de la calle de manera ruin y despiadada, para la muestra un botón (8) si es que no se nos destroza el corazón ver estos hechos. Y para agravar el cuadro de ruindad no se ve castigo ni mínima sanción –que quizás una u otra excepción- a quienes así proceden como si fueran ligerezas que se pueden pasar por alto.

No podría seguir dando ejemplos, sería cosa de nunca acabar, solo que estos hechos no son exclusivos del gobierno de Duque, que no empezaron con este títere malévolo que baila y canta, que han cruzado todo este siglo con los tres gobiernos que nos atormentan incluyéndolo en el casi año que lleva en la gobernanza. Santos el que se disfrazó de paz, -ahora hay quienes quieren ajustárselo de nuevo- no se exime, y de Uribe ni hablar, sanguinario, narco, paramilitar, el de la terrible operación Orión y otras terribles infamias, un Hitler a la criolla, por eso Duque como su títere entraña todo el mal.  

Que me he contenido de exclamar improperios, no qué estamos en la era de la reconciliación con los que siguen avasallando, agrediendo y violentando al pueblo?, no he comprendido bien eso de la reconciliación, si alguien tuviera la gentileza de explicarlo, en serio no he entendido, ¿reconciliación? Así escuchemos el grito herido de denuncia y dolor de “nos están matando” y siga el genocidio a vista de los gobiernos de turno sin que hagan nada para pararlo y al contrario persistan intentando negarlo, o achacarlo al simbólico “líos de faldas”.

Que no es cosa personal, miles de luchadores inspiran, hombres y mujeres humildes, escenas de dolor y hechos salvajes sobre millones de seres de nuestro pueblo, de hecho es el entretejido de la guerra que asesta la clase en el poder, y en ella el accionar de las Fuerzas Militares en Colombia que ha dejado una estela de dolor, animadversión, la rabia contenida, la intimidación y el terror.

Y de finalizar, quisiera entender o explicar, como un cuerpo militar puede asumir un comportamiento con tal grado de ruindad. Me atrevo a pensar que en gran medida responde a su propia forma de concebirse: como una fuerza letal de combate, orientada por una doctrina militar que ve enemigos aquí y allá, en el propio pueblo o sectores populares, inserto en gobiernos subordinados a EEUU política y militarmente (9). Si de verlos como un cuerpo de personas entrenadas, ¡y de qué manera! (10), para el control y la agresión, creo que quienes lo integran ni siquiera se dan cuenta en lo que se han convertido, y si se dan cuenta ya están deformados, imbuidos como están de una manera de “pensar” y actuar, perdieron toda su humanidad.              

Notas:    

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