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Hiroshima, Nagasaki, y el hombre que supo decir no

Esa única persona que supo decir “no” fue el físico de origen polaco Josef Rotblat. Poco conocido pese a su carácter excepcional, Rotblat era un científico autodidacta de una inteligencia extraordinaria, lo que le permitió pasar de trabajar como electricista doméstico en Varsovia en 1931, a profesor titular y director en funciones de investigación en física nuclear en la Universidad de Liverpool, primero, y a profesor de Física en el Hospital San Bartolomé de Londres, en 1950.

Setenta años es un período suficiente para tener una visión en perspectiva de todo, incluso de algo tan inhumano como el bombardeo atómico de dos poblaciones indefensas, sin ningún valor militar, en un país destruido, y en los últimos momentos de una guerra que ya se sabía ganada.

La perspectiva nos muestra que dicho bombardeo no tuvo nada que ver con la guerra que finalizaba y tuvo todo que ver, en cambio, con el nuevo orden mundial y las relaciones de poder que estaban emergiendo tras ella. Y que también tuvo mucho que ver con algo tan difícil de definir como la fractura ética que produjo el llevar hasta el final lo imaginable, sin tener en cuenta otras consideraciones, especialmente las humanas.

Enmarcar la perspectiva significa remontarse a hechos acaecidos varios años antes del bombardeo, a las tres cartas dirigidas por Albert Einstein al presidente Roosevelt (instigadas por los físicos Eugene Wigner y Leo Szilard), cartas en las que se planteaba la urgencia de fabricar la bomba atómica ante la amenaza de que los nazis ya la estuviesen desarrollando; al reclutamiento de un equipo de científicos de alto nivel con ese objetivo; al desarrollo del Proyecto Manhattan y a su adaptación posterior, a medida que comenzaba a perfilarse el mundo que surgiría de la guerra.

El peligro de un régimen nazi provisto de armas nucleares era un elemento justificador de primer orden, algo que permitía dejar en segundo plano cualquier consideración ética sobre la naturaleza del arma a desarrollar. Pero ese peligro se desvaneció: en 1944 se confirmó definitivamente que el programa nuclear nazi había sido abandonado en 1942, no era necesario tener una bomba atómica; y no se trataba de una cuestión menor porque afectaba a las convicciones éticas de una parte del equipo de científicos que estaban construyendo la bomba.

Y resultó sintomático en la respuesta el factor del peso industrial que había adquirido el desarrollo del proyecto, y el ambiente que se había creado en tres años de trabajo intensivo y bajo presión: sólo uno de los 109 científicos que trabajaban en el laboratorio principal en Los Álamos (1), tomó en consideración las implicaciones que surgían del hecho de que el motivo por el que muchos habían iniciado los trabajos había desaparecido.

Esa única persona que supo decir “no” fue el físico de origen polaco Josef Rotblat. Poco conocido pese a su carácter excepcional, Rotblat era un científico autodidacta de una inteligencia extraordinaria, lo que le permitió pasar de trabajar como electricista doméstico en Varsovia en 1931, a profesor titular y director en funciones de investigación en física nuclear en la Universidad de Liverpool, primero, y a profesor de Física en el Hospital San Bartolomé de Londres, en 1950. Particularmente importante fue su papel en la demostración del amplio radio de la dispersión radioactiva de la explosión termonuclear (de hidrógeno) del atolón de las islas Bikini, y su papel en la catástrofe del pesquero japonés “Dragón Afortunado Cinco”, el 28 de febrero de 1954.

Su paso por el proyecto de fabricación de la bomba atómica y su coherencia ética le valieron una campaña de calumnias y persecución política que duró hasta 1964. Sin amilanarse por ello, Rotblat participó activamente en la denuncia de las consecuencias del armamento nuclear, en la firma y difusión del Manifiesto Russell – Einstein y, sobre todo, en el desarrollo de las Conferencias Pugwash sobre Ciencia y Asuntos Mundiales, por las que obtuvo el Premio Nobel en 1995, conferencias que ayudaron a preservar la paz en tiempos de la “Guerra Fría”, y en las que se desarrolló el diálogo científico entre oriente y occidente al margen del enfrentamiento entre bloques.(2)

Es también sintomático que, a diferencia de la popularidad de la que aún hoy goza el científico jefe del proyecto Manhattan, Robert Oppenheimer, que supo dejar de lado sus convicciones de izquierdas a la hora de decidirse, y cuyo nombre aparece profusamente relacionado con los conflictos éticos que provocaron la fabricación de la bomba, la honestidad y la coherencia de Josef Rotblat sean prácticamente desconocidas.

Existe una anécdota, recogida en diversas fuentes, sobre la presencia de Rotblat en un momento del año 1944 en que el general Leslie Groves comentó que el verdadero objetivo de la fabricación de la bomba atómica era el sometimiento de la Unión Soviética, y el papel que dicho comentario jugó en la decisión de Rotblat de apartarse del Proyecto Manhattan. Setenta años de distancia permiten reflexionar sobre el trasfondo de la anécdota; Groves era el director del Proyecto, todos los testimonios coinciden en señalar su carácter explosivo y sus maneras directas; sus conflictos con Oppenheimer debido a su autoritarismo y sus manipulaciones son de dominio público; es de suponer que un comentario de este tipo no tuvo que ser un hecho aislado, sin embargo sólo Rotblat puso por delante los principios y las implicaciones éticas hacia el futuro; supo superar la morbosa fascinación, mayoritaria entre los científicos y, por cierto, también documentada, de llevar a la práctica lo imaginado.

Y lo imaginado se hizo realidad el 6 de agosto sobre Hiroshima, matando 80.000 personas de manera inmediata y dejando una secuela de cánceres que, en 1950, se calculaba que afectaba a unas 150.000 personas; y también se hizo realidad el 9 de agosto sobre Nagasaki, matando 55.000 personas al momento y condenando a 30.000 personas más a una posterior muerte lenta (cifra de 1945).

Fue tras la muerte y la desolación, y ante el horror que inspiraba la nueva era, cuando una parte de los científicos implicados, comenzando por el propio Einstein, mostró su arrepentimiento y pasó a una oposición a las armas nucleares, a veces activa y a veces simbólica; otros, en coherencia con su ideología conservadora, participaron activamente en el perfeccionamiento de dichas armas hasta llegar al supremo nivel de destrucción que supuso la bomba de hidrógeno. La mayoría de los que se opusieron, incluido Rotblat, optó por el consuelo que para ellos significaba la promoción de los usos pacíficos de la energía atómica.

Pero hoy, a setenta años de distancia, junto con el recuerdo a unas víctimas que se proyectan hacia nuestro tiempo bajo la forma de la catástrofe nuclear que sufrimos cotidianamente, también cabe reflexionar sobre lo diferente que hubiese sido nuestro presente si el compromiso ético y la valentía de Josef Rotblat hubiesen sido compartidas por una parte de los científicos que desarrollaron la tecnología del horror.

NOTAS:

(1) Ver http://www.atomicheritage.org/bios en http://www.atomicheritage.org/

(2) Una parte importante de la biografía de Rotblat puede obtenerse de su obituario publicado en The Guardian tras su muerte, el 31 de agosto de 2005. Ver http://www.theguardian.com/science/2005/sep/02/obituaries.obituaries

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