La Tienda Republicana

La vida en el panel derecho de El Jardín de las Delicias

Porque no sólo es posible cambiar el mundo, sino que además es necesario que cambie.

Han muerto dos ancianos de hambre en Las Palmas. A nadie parece importarle.

 

Todavía no me he recuperado de la bofetada recibida ayer. No sé por qué será, pero creo que tuve que conocer la noticia para darme cuenta de algo que en realidad ya sabía, y poder así apreciar, en su más cruda expresión, la situación que están atravesando centenares de miles de españoles; la de esos que han sido condenados por una crisis-estafa que provocó el enriquecimiento de unos pocos a costa del sufrimiento de muchos. Yo no conocía a esas personas. Ni siquiera he estado nunca en Las Palmas. Pero, al conocer la noticia, no he podido evitar sentir dolor, un vivo y sincero dolor que después se transformó en rabia, y que finalmente se ha convertido en indignación, una indignación que todavía no se calma, y que apareció cuando supe que el suceso no había tenido eco en los medios de comunicación.

Efectivamente el hecho no parece ser digno del interés general. En el mismo día en el que todas las tendencias en twitter hablaban de fútbol y Gran Hermano, y que la noticia política del día era que Celia Villalobos jugaba al Candy Crash en horas de trabajo, se descubrió a una pareja de ancianos en Gran Canaria, que habían desaparecido hacía varios días sin que eso hubiese llamado la atención de familiares o vecinos. El hombre y la mujer, de 76 y 69 años, fueron rescatados por los bomberos que, al entrar en la casa, presenciaron una imagen dramática: la de los dos personas mayores, envueltas en sus propios vómitos y con aspecto de no haber podido moverse desde hacía días, yaciendo en una putrefacta cama. Los ancianos no habían comido ni bebido nada en mucho tiempo y su situación era crítica con lo que, al llegar al hospital los médicos no pudieron hacer nada por salvar sus vidas.

A pesar del cinismo con el que algunos parece que tratan de quitar hierro a la noticia, el sentido común nos dice que esta no ha sido una tragedia más, como tantas hay en las páginas de sucesos. Hace tan sólo unos días algunos ya advirtieron de lo que podía pasar, cuando los trabajadores sociales de la llamada marea naranja protestaron contra los recortes en su plantilla, advirtiendo que cuestionar las ayudas a la dependencia dejaba en situación de desamparo a centenares de miles de españoles, la mayoría ancianos como los que ayer fallecieron.Esta tragedia se podía haber evitado, y señala como culpables directos a las autoridades que anteponen el enriquecimiento de unos pocos al bienestar de la mayoría. Esas dos personas han muerto de hambre, y lo han hecho en España, un país que nos dicen está haciendo esfuerzos para salir de la crisis pagando un precio que estamos obligados a abonar por haber vivido por encima de nuestras posibilidades. Pero ¿quién ha vivido por encima de sus posibilidades? ¿Acaso esos ancianos? ¿O los niños que comen tan sólo una vez al día? ¿O los estudiantes que se ven obligados a abandonar la Universidad por no poder afrontar los costes de las tasas?

Vergüenza siento de ser español, pero más vergüenza me provoca el saber que este crimen no tendrá consecuencias. Maldecir parece que es lo único que nos queda. Maldecir a los miserables que provocaron la crisis y escaparon de ella condenándonos al resto; maldecir también a los periodistas que la silencian dando al pueblo pan y circo; maldecir a los políticos corruptos que les hacen el juego a los bancos, y también a los cobardes que teniendo la oportunidad de cambiar las cosas no se atreven. Maldecir en definitiva a todos aquellos que hacen posible que dos ancianos mueran de hambre en su casa sin que a nadie le importe. Sólo desearía que existiese ese Dios del que tanto se habla, para que todos estos mezquinos personajes ardiesen en el infierno por toda la eternidad. Lamentablemente mi visión materialista de la realidad hace que esto no me consuele. No creo en la justicia divina, tan fantástica y poco creíble como la que disfrutamos en un país tan perdido como el nuestro.

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