La Tienda Republicana

La vida en el panel derecho de El Jardín de las Delicias

Porque no sólo es posible cambiar el mundo, sino que además es necesario que cambie.

La hora del PCE.

Hace unas semanas fui invitado a participar en  ese encuentro en Zamora que ahora se está haciendo tan conocido en algunos medios. Según me contaron entonces, el objetivo de la reunión era el de debatir sobre el futuro de Izquierda Unida con militantes de toda España que, supuestamente, iban a aprobar una declaración para tomar partido frente a los liquidacionistas de cara a la próxima Asamblea Federal de IU. Yo, que no creo en la espontaneidad de esos foros, desde muy pronto sospeché quién estaba detrás del mismo, aunque quise dar una oportunidad a los organizadores. Estos sin embargo, muy pronto confirmaron mis sospechas, cuando me mandaron una copia del documento y ¡bingo!…estaba claro, a la declaración sólo le faltaba la firma de Cayo Lara.

Yo no tengo nada en contra de Lara desde luego, pero ni comparto ni comprendo algunas de las decisiones que ha tomado en los últimos tiempos, sobre todo en lo relativo al patriotismo a las siglas de Izquierda Unida, y a su empeño en seguir viendo a Podemos como el  origen de todos los problemas de la organización. En unas pocas palabras, yo diría que su política no ha sabido responder a los acontecimientos que hemos vivido en los últimos años, y tal vez sea eso en gran parte lo que nos ha llevado a esta situación.

Los “zamoranos”.

El 13 de febrero pasado, finalmente se celebró el acto en Zamora con la asistencia, según los organizadores, “de más de ciento cincuenta militantes, cuadros y simpatizantes de toda España”. Los “zamoranos” que firmaron la declaración final fueron -lejos de lo que esperaba en un principio-, un grupo muy heterogéneo, y allí hubo desde gente de Izquierda Abierta, hasta antiguos afiliados que habían sido expulsados, además de conocidos militantes del PCE; desde personas honradas y sin mácula como Víctor Díaz Cardiel, hasta algún sinvergüenza; y desde elementos profundamente ideologizados, hasta oportunistas de los que siempre se posicionan a última hora en cada conflicto según sus intereses particulares.

El documento que se aprobó finalmente, refleja a la perfección ese patriotismo de siglas al que he hecho referencia, y según el mismo, parece como si todos lo que le ocurre a Izquierda Unida fuesen fruto de agentes externos -o infiltrados-, y nunca a errores propios. Como si hubiésemos hecho una lectura perfecta de lo que estaba pasando y actuado siempre correctamente, definiendo a IU como un “patrimonio político de primera importancia” con un programa exquisito. Según este análisis, los pésimos resultados electorales se deberían al cambio de rumbo vivido en los últimos tiempos, como si los intentos de confluir con Podemos y otras organizaciones fuesen la causa única de todos los males, unos males que, sin nombrarlo se personificaban en un responsable: Alberto Garzón. Así pues, lo único que tendríamos que hacer es dejarnos de experimentos y volver a retomar el camino que nunca debimos abandonar. ¿Pero cuál era ese camino que llevábamos tan bien?

El camino que llevaba Izquierda Unida.

Yo creo que lejos de la imagen distorsionada de la realidad que refleja la declaración zamorana, Izquierda Unida no supo identificar el alcance que estaba teniendo la crisis capitalista, y cuando las condiciones se hicieron insostenibles, la organización se limitó a recoger los frutos que ésta generaba. Maquiavelo ya advirtió que el poder se puede mantener -en este caso intentar conseguir- en base a virtud o fortuna, siendo la primera fruto de la capacidad y mérito de los dirigentes, y la segunda consecuencia de circunstancias ajenas a nuestro control. A IU todo le vino de cara con la situación objetiva que se vivía en España, y eso se reflejó en buenos resultados y previsiones electorales, pero confundimos virtud con fortuna. Algunos se creyeron que ese triunfo era merecido por nuestras decisiones, pero no era así, y sólo hizo falta la aparición de otros actores en el escenario electoral para darnos cuenta de ello.

Justo cuando la crisis capitalista empezaba a ser comprendida por la gente, nos asustamos de la gente. Y por mucho que nos diésemos golpes de pecho, no supimos analizar el 15M, ni el hartazgo de los trabajadores ante un régimen que parecía desmoronarse. En esta situación, nuestros responsables decían una cosa y hacían otra -las dos almas enfrentadas-, y mientras nos declarábamos alternativa al sistema recortábamos en Andalucía, o nos veíamos implicados en casos de corrupción en Madrid, o volvíamos a dejar las luchas económicas en manos de sindicatos corruptos… en definitiva negábamos un modelo económico que a la vez justificábamos y fomentábamos con nuestra incoherencia, manteniendo así una política que no podía esconderse con discursos grandilocuentes. La “fortuna” del hartazgo de la gente es lo que nos proporcionó “clientes” en las encuestas, y eso fue lo que hizo que nos creyésemos una organización fuerte, casi omnipotente, pero en realidad Izquierda Unida ya hacía mucho tiempo que había dejado de servir a los objetivos para los que había sido creada.

No éramos un movimiento político y social, como tampoco éramos la convergencia anticapitalista que decíamos ser. No éramos referente en las calles, y por mucho que nuestra militancia valiese su peso en oro, nos habíamos convertido en un partido socialdemócrata al uso, compuesto básicamente por dos organizaciones -PCE e IA- y unos pocos -muy pocos- militantes independientes. Un partido dirigido por barones que actuaban en sus territorios como taifas independientes, siendo fácil para la gente ver cómo lo que defendíamos en un sitio lo atacábamos en otro. Vamos, una gozada de organización.

La imposibilidad de refundar Izquierda Unida. La inviabilidad del modelo liquidacionista.

Pero los “zamoranos” en su documento no pecaron sólo de errores en el análisis de la realidad del pasado inmediato, sino que además propusieron algo imposible: volver a esa idílica situación que creen que existió antes de la crisis organizativa, como si el mundo fuese estático -menos mal que muchos de ellos son marxistas y conocen eso de la dialéctica-, y pudiésemos volver al pasado sin más. En este afán por reencontrarse con los viejos principios, en el borrador incluso hablaron de recuperar el impulso fundacional, fruto de las grandes movilizaciones contra la OTAN ¡Como si fuese ahora posible volver a 1986 y reencontrarnos con esa Izquierda Unida que nació en las luchas de los ochenta!

Los “zamoranos” con su visión metafísica de la sociedad, muestran un empeño casi romántico por mantener con vida una estrategia que ya ha fracasado como instrumento para cambiar la realidad, pues la Izquierda Unida actual, desprestigiada, desunida y sin perspectivas, ha demostrado que no sirve en esta etapa de nuestra historia, en la que las ilusiones socialdemócratas se muestran ineficaces para dar solución a los problemas que se avecinan. Izquierda Unida no puede ni podrá servir, por muchas refundaciones que se sigan proponiendo, para aglutinar fuerzas en torno a la lucha por la revolución democrática que necesita nuestro país.

Sin embargo los “zamoranos” no se equivocaron en todo. Aciertan en su declaración al poner de relieve la contradicción capital-trabajo, y la necesidad de hacer de ésta el objeto principal de lucha de nuestra gente. No yerran desde luego en este punto, pues todos los conflictos que estamos viviendo, y que se van a agudizar en los próximos meses con la nueva recesión, nos obligan a tomar partido claro en ese sentido de una vez por todas. Intentar ganar votos no puede ser el único trabajo de una organización que pretenda cambiar la realidad, y amoldar el discurso como han hecho otros, en virtud del mercadeo electoral, no debe ser práctica de las organizaciones transformadoras. Hacer populismo adaptándose al pensamiento dominante en vez de intentar cambiar ese pensamiento, hará fracasar cualquier intento por transformar la realidad, y es por ello que la alternativa tampoco puede ser la que ofrece Podemos ni los liquidacionistas que parecen trabajar para ellos desde nuestras filas.

La hora del PCE.

Ante la propuesta de diluirnos en Podemos o aguantar en Izquierda Unida hasta el final,  resulta cuanto menos llamativa la falta de iniciativa que ha demostrado hasta ahora el PCE, y es que a pesar de lo delicado de la situación, y a que las posturas que se barajan para la próxima asamblea serán irreconciliables, el Partido Comunista parece estar ausente del debate. El tema no es baladí desde luego, pues de lo que se vaya a hacer en los próximos meses dependerá el futuro de la izquierda real en este país, en un momento sumamente delicado, con una nueva crisis capitalista que se atisba ya, y que sorprenderá a España con una deuda que ya roza el 100% del PIB. Sinceramente a mí no me preocupa demasiado el futuro de Izquierda Unida, pues ya tengo claro cuál será, pero siento temor ante la posibilidad de que esta crisis interna acabe devorando al propio PCE.

Con un congreso a la vuelta de la esquina que, por primera vez en la historia del comunismo español se realizará a dos vueltas, es hora ya de que los comunistas se organicen y digan en voz alta qué modelo de partido necesitamos, para recuperar de una vez todas las atribuciones que teníamos delegadas en Izquierda Unida. Salir de la segunda clandestinidad –por emplear las palabras de Felipe Alcaraz-, a la que nos hemos condenado, y plantear un modelo propio para liderar la construcción de una unidad popular  real con la que podamos afrontar la revolución democrática que urge ya en nuestro país.

Necesitamos un partido comunista fuerte que supere el modelo organizativo carrillista, y que combine la lucha económica, política e ideológica; un partido comunista con una definición ideológica clara, y que no haga concesiones a las ilusiones socialdemócratas y tenga claro que no habrá posibilidad de emancipación desde la Unión Europea y la Europa del Euro, y que por tanto rechace competir en ese espacio con otras fuerzas como Podemos o el PSOE, o integrarse en el llamado “Plan B” de Varoufakis; un partido pertrechado ideológicamente y organizado en cada frente de lucha para, bajo el lema pan, trabajo, techo, dignidad y república, seamos capaces de articular una verdadera unidad popular que no se concrete sólo en lo electoral, y se dirija al objetivo de conseguir alcanzar la revolución democrática fuera de la Unión Europea, de la OTAN y del régimen del 78. Un partido comunista que recupere plenamente su soberanía y funciones, para poder actuar en el conflicto de clases que se va a recrudecer en los próximos años.

En definitiva, los comunistas necesitamos actuar de forma autónoma para comenzar el proceso de acumulación de fuerzas que necesitaremos para la titánica tarea que se avecina. No podemos permitirnos seguir perdiendo el tiempo con refundaciones, debates sobre dos almas, ni discursos revolucionarios combinados con prácticas revisionistas. Como ya han reclamado los casi doscientos camaradas asistentes al Comité Provincial ampliado de Sevilla o al comité local malagueño, ha llegado la hora del PCE, y eso significa que tenemos que volver a actuar como una organización libre de la carga de mantener estructuras partidarias paralelas. La historia nos mira y en estos momentos críticos, de las decisiones que tomemos en el próximo congreso dependerá que el PCE de José Díaz y de Dolores Ibárruri siga existiendo o no. Un congreso en el que tendremos que decidir qué es lo primero que queremos salvar, a Izquierda Unida o al PCE.

Añadir nuevo comentario

Comentarios

Plain text

  • No se permiten etiquetas HTML.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
CAPTCHA
Esta pregunta es para comprobar si usted es un visitante humano y prevenir envíos de spam automatizado.