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La Razón, «¿el periódico que hace oídos sordos a la ultraderecha?»

El pasado 15 de Junio se produjo una agresión neonazi en Colonia, Alemania, que se saldó con dos jóvenes españoles heridos y hospitalizados. Los seis rusos implicados en la agresión regresaban de los eventos de la Eurocopa, cuando se toparon con los dos jóvenes que se encontraban en ese momento repartiendo información antirracista en la vía pública. La noticia que traspasó los diarios internacionales ha encontrado distintas versiones, dependiendo de la afinidad ideológica que se preste. Por ejemplo en Alemania, los diarios y medios, sorprendentemente han catalogado estos hechos de deleznables, y sin mucho alarmismo tomaron nota del auge de la ultraderecha. En contrapartida están los medios españoles, que han hecho su peculiar mención del asunto. Están los que a modo de pool informativo han dado la habitual noticia de lo acaecido, y también están los que de algún modo han relativizado la agresión entre argucias dialécticas como es el caso del periódico La Razón.

 

La controvertida periodista de sucesos Laura L. Álvarez del citado periódico, conocida por su pluma sensacionalista, ha vuelto a desconcertar con su particular estilo. Un artículo publicado el 18 de Junio en La Razón destila cierta inquina en la persona de Rodri y denota una cuestionable ética periodística. Se supone que Rodri, uno de los agredidos por los nazis, pierde puntos de credibilidad o de integridad, por ser un activista antifascista o “declarar vía redes sociales” como indica el artículo: “que el mismo día de la agresión ya se estaban «tomando unas cervezas en un bar»”. Las pesquisas y datos sin contraste informativo arrojados a lo importante, cubren a Rodri bajo un halo de mala prensa totalmente desnaturalizado.

Hay que decir que los medios de comunicación se nutren de fuentes informativas de todas clases, y cuanto mayor sea el medio o renombrado sea el periodista, contará con más o menos puntos informativos. Hasta ahí todo es lógico, sin embargo viendo el desarrollo del artículo parece que va más por delante un interés subjetivo que las fuentes informativas. Los datos personales y las actividades políticas que se muestran en el escrito, más parecen sacados de la brigada de información policial que de un medio de comunicación. Algo que hay que decir que es inverosímil, aunque puede intuirse quien maneja este tipo de información. De toda la vida es sabido que se hace acopio de datos personales de los contrarios políticos, para después hacer un uso injurioso. No obstante, habrá que decantarse por la explicación más sencilla; no habrá sido más que el sonar de algunas campañas (contactos de mala calidad), junto a un seguimiento burdo en las redes sociales lo que ha dado lugar a semejante punto de vista. Evidentemente sacar una foto de Facebook de un joven haciendo una peineta e ilustrar con ello el artículo, a lo pronto tiene muy baja catadura moral si lo que se pretende es distorsionar la información. ¿Qué joven independientemente de sus actividades no planta el dedo en una foto-coña? Por cierto en la imagen posa con una mascarilla de esas que usan los grafiteros y también los que trabajan con impresiones, como es el caso de este chaval que se dedica a las artes gráficas. Y con todo y con eso, ¿Qué quiso transmitir la periodista? Por más vueltas que le doy no veo una conclusión clara. Se podría interpretar que son ajustes de cuentas entre unos contra los otros o algo así. 

Aun suponiendo la intencionalidad de la autora, hay que poner sobre relieve los pilares fundamentales de la convivencia y la ética, y más si se trata de un medio de comunicación entiéndase serio. El goce de la libertad de expresión no tendría que tener paliativos ni calificativos por parte del que informa. Estos chicos se encontraban ejerciendo un derecho fundamental reconocido en el marco de cualquier país no dictatorial. La inclinación política no es suficiente excusa para denigrar a nadie cuando éstas no atentan contra nadie. Ser antifascista, aunque suene muy negativo, no tiene las mismas connotaciones políticas que ser fascista. No es lo mismo imponer un credo por la violencia y el poder, que el que se opone fervientemente a ello. Cualquiera podría ser tachado de antifascista por el simple hecho de no estar de acuerdo con la violencia paramilitar y la política unilateral. 

Por último, cuando ser demócrata lleva implícito oponerse al terrorismo ¿por qué no se condena el terrorismo en todas sus formas? ¿Qué sentido tiene hacer oídos sordos ante el terrorismo de la ultraderecha que tantos muertos ha dejado, deja y dejará?

 

La opinión del autor no coincide necesariamente con la de TerceraInformación

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