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Pensamiento crítico. México. Nueva política industrial

La semana pasada la Secretaría de Economía presentó algo que llamó “nueva política industrial” y que, francamente, me dejó en algo tan vetusto como mis chanclas favoritas, tan política como el dejar hacer y tan industrial como marchante de telas en tianguis dominguero. Se presenta como un decálogo en que sólo un mandamiento hace lógica y nueve hacen relleno para justificar el apelativo escogido: agregar mayor valor nacional a las exportaciones, punto. No hay mayor construcción ni propuesta que se corresponda al objetivo de orientar y fortalecer la producción doméstica con destino doméstico.

Permítaseme un acercamiento conceptual. Una política industrial es aquella que opera desde el estado para corregir las imperfecciones del libre mercado y que lo regula e induce para producir satisfactores socialmente válidos y empleo digno. El neoliberalismo dice que “la mejor política industrial es la que no existe” precisamente porque deposita toda la conducción del desarrollo en la mano mágica del mercado. Esta es la contradicción a romper por el intento de un nuevo régimen cuyo postulado es el bienestar de la mayoría.

La apuesta que hicieron los neoliberales tecnócratas fue la de privilegiar el mercado externo como factor de desarrollo, tomando como premisas las ventajas comparativas de nuestra vecindad con el mayor mercado del mundo y el extremo bajo costo de la fuerza de trabajo. La primera es innegable y, en efecto, ha favorecido una importante expansión maquiladora y automotriz, muy apoyada por la segunda, la mano de obra barata y casi esclava. El inconveniente ha sido el costo pagado para tal éxito que lo convierte en fracaso: el Tratado de Libre Comercio, mediante el cual a cambio de las facilidades para exportar automóviles se tuvo que abrir el mercado a la importación de bienes industriales y agrícolas en condiciones de absoluta desventaja para la producción nacional, que resultó fácilmente desplazada con la cauda de abandono del campo y de cierres de empresas y desempleo, tanto en la industria como en el comercio. Dan cuenta de tal aseveración la emigración y la balanza comercial; esta última fue hasta el año pasado superavitaria con USA pero, en mayor grado, deficitaria con el resto del mundo. Por desgracia el nuevo TMEC no sólo no cambia las cosas, sino que las empeora.

Me queda claro que en estas circunstancias no resulta sencillo trazar una política de industrialización de beneficio nacional. Pero, por ello mismo, es de vida o muerte la decisión política de crearla y llevarla adelante. Yo me atrevo a insinuar que construyamos algo que se signifique como EXPORTAR A MÉXICO. Más cerca que los Estados Unidos tenemos un mercado potencial de 80 millones de mexicanos ávidos de consumir pero sin capacidad para hacerlo. Sólo la intervención del estado puede actuar de manera de convertir en demanda efectiva la necesidad de la población, así como de acondicionar la oferta de satisfactores idóneos a la cultura propia y a la protección del medio ambiente. Tal sería el sentido de una real política industrial.

Ampliando el concepto propongo que se formule un catálogo de satisfactores que cumplan la función de ser vectores de industrialización en toda una cadena de valor. La política habrá de caracterizar tales satisfactores para que cumplan su función económica; por ejemplo: en materia de vestido se trataría de favorecer una oferta de bajo costo, pero que privilegie confección, telas, fibras y auxiliares, todos de producción nacional y de alto contenido en mano de obra; ese satisfactor ideal se impulsaría por principio en los uniformes escolares, sea que se establezcan como norma en el sistema educativo o que, con mayor decisión, se estableciera el uniforme escolar gratuito y obligatorio. Tomada una cadena de valor así diseñada, el estado actuaría en términos del gran comprador y convocaría a la industria para generar la oferta correspondiente.

Así las cosas se aprovechan los instrumentos del mercado, como es la competencia y la libre empresa, pero inducidos eficazmente para el beneficio nacional. Especial papel y vocación le toca jugar a la ciencia y la tecnología para una innovación con apellido nacionalista.

Esto o algo por el estilo pudiera ser, pero es urgente concretarlo.

La opinión del autor no coincide necesariamente con la de TerceraInformación

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