Paco Campos

Cómo hablar sin pensar

Siguiendo con las conferencias de Wittgenstein de 1946-47 en Cambridge, e insistiendo en deshacer el entuerto, el error consistente en afirmar que el pensar es un acompañamiento del hablar y que, por tanto, podemos pensar sin lenguaje, el filósofo austríaco ironiza con la pregunta de si hay ya pensar por el simple hecho de hablar, y responde que no, porque se puede hablar sin pensar, y por eso el pensar acompaña al hablar.

¿Podemos estar rectificando siempre?

Un argumento de Habermas puede resultarnos lo suficientemente convincente como para seguir su contenido en cualquiera de las situaciones que puedan presentársenos. Habermas pregunta qué hace que una proposición sea o nos parezca verdadera al tenerla idealizada dentro de un ámbito de mentes finitas: la respuesta que justifica esta creencia radica en la fuerza irrestricta del argumento mejor, que fuerza a los participantes -el círculo de mentes pensantes- a un cambio de perspectiva.

Pensar es hablar

En las conferencias de Cambridge, Wittgenstein y Malcolm disquisicionaban sobre la naturaleza del pensar, qué es pensar. Hay desde siempre la tendencia a defender el pensamiento por sí mismo, como si no necesitase de explicación o aclaración alguna. Lo que pasa con esta posición es que cosificamos algo que solo podemos tratar hablando del lenguaje. Lo contrario sería dar validez a todo tipo de afirmaciones aun siendo las afirmaciones incompatibles entre sí.

No hay cinco en 5

¿Cuando los matemáticos figuran 5,  cometen un error o hacen un uso incorrecto de la palabra “cinco”?  ¿Cuándo nos equivocamos confundimos las cosas con las figuras, o usamos las palabras de forma incorrecta? Al igual que los matemáticos hacemos figuraciones con nuestras palabras, y eso nos puede llevar a la perdición; si no sabemos usar correctamente el lenguaje puede que sólo evoquemos nociones y nos perdamos en conseguir figuras correctas, cuando, en realidad no hay figuras  correctas, aunque la figura venga a ser un símbolo.

Sbyace Wittgenstein

La grandeza de los grandes consiste en la permanencia en el tiempo, en el tiempo que quedan sus tesis mantenidas, como si de un agente geológico se tratara, de esos efectos sin los cuales sería casi imposible referirse a algo, poder reconstruir lo que muchas veces la intuición ni siquiera persigue. La grandeza de Wittgenstein se muestra cuando menos la esperas y cuando parece ser que ni pega con cola. Tiene que ser otro grande el que nos lo diga para poder calibrar lo que está pasando, cómo seguimos durmiendo la siesta aunque no haya verano.

Liberarnos de las mediaciones

En filosofía, como en la vida, es aconsejable eludir las mediaciones, los elementos, casi siempre inventados, que a tenor de la causalidad, pretenden justificar aquellas conexiones o tipo de explicaciones que solemos dar para las cosas que nos interesan, bueno, para nuestros intereses y los de los nuestros -> cultura, civilización, religión, ideología, y un largo etcétera que vamos acumulando a medida que vamos siendo más importantes -aquéllos que nada tienen que perder, y se limitan a subsistir, no tienen esas preocupaciones.

Hacia una filosofía interesante

Antes con un mismo léxico filosófico se contraponía, por ejemplo, racionalismo y empirismo. Rorty tiene otro apunte interesante en La contingencia del lenguaje (1986) que versa sobre la necesidad de renovar el léxico que se haya convertido en un estorbo; esto es, sustituir un léxico vacío, incoherente, confuso, o simplemente estéril, por otro que por joven y por desarrollar sea lo suficientemente atractivo de cara a conseguir grandes cosas, dice. Ese es el camino, no que haya términos que se desestimen o argumentos clásicos que se consideren innecesarios.

El yo que hace y deshace

Los que hemos sido educados de forma representacional, que no somos pocos, forma ésta acrecentada por la fiebre de los psicólogos que creen que lo que dicen, y no paran de decir cosas, tiene en nuestra mente una representación por la cual comprendemos las cosas, y así sucesivamente… diría yo -> y así nos va. Pues bien, este mismo vicio, esa misma tendencia, tiene su origen en las gnoseologías que predican al sujeto por un lado y al objeto (el mundo) por otro, sin reparar en nada más que en esa especie de fideísmo de las mediaciones.

El amor al prestigio autoritario

Dewey en La Busca de la Certeza (1929) carga contra el autoritarismo proveniente de los principios morales universalistas kantianos, que la tradición europea siempre depositó, desde Aristóteles, en la razón y en la especificidad del lenguaje como producto humano que nos diferencia de las bestias. El hilo conductor razón-lenguaje-conciencia moral, que tan bien le ha venido a las religiones occidentales en todas sus facciones bíblicas, ha sido la garantía para repudiar al evolucionismo.

La tesis fuerte del pragmatismo filosófico

Una manera cómoda de acceder al meollo filosófico de Richard Rorty puede ser leyendo directamente la primera conferencia que dio en el University College de Londres en 1986 y que luego fue recogida en forma de libro en 1989, junto con otras más, con el título Contingencia, ironía y solidaridad. Posiblemente sea este título el más valorado de Rorty, después de su famoso The linguistic turn (1967). La conferencia en cuestión se denomina “La contingencia del lenguaje” y aparece en ella una de las tesis fuertes del pragmatismo filosófico contemporáneo.

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