La Tienda Republicana

Ilka Oliva Corado

Escribir, mujeres, escribir

A las niñas se les regalan muñecas para que aprendan desde temprana edad a que su lugar en la sociedad es el de  parir y cuidar niños;  niños que serán sus hijos, hermanos, nietos, sobrinos, novios, amantes, compañeros, esposos…, cualquiera que sea el grado de consanguinidad o no,  pero su función en la sociedad es la de ser madre en todo el contexto patriarcal, es decir; dejar de existir para servir a los demás. 
 

Sobre el lomo del indocumentado

De cuando en cuando voy a comprar a una panadería de dueños árabes que venden pan mexicano y  tienen empleados mexicanos. Nadie se imaginaría que esos árabes comen gracias a los latinos indocumentados que viven en los edificios del poblado. Llegan en sus Mercedes Benz  de lujo y se estacionan atrás para que los clientes no los vean entrar. Ninguno de ellos se acerca al mostrador, la cara la dan los empleados mexicanos. 

“El idioma del imperio”

Siempre he querido aprender francés para leer La náusea y Las palabras, de Sartre en su idioma, porque en las traducciones, por muy buenas que sean  en algún momento se pierde la esencia, la pureza del texto que solo se mantiene al leerlo en el idioma en el que fue escrito originalmente. Pero  más que todo para escuchar en su idioma las canciones de la gran Édith Piaf, porque no es lo mismo escuchar una canción  y no entender lo que dice, aunque claro está, el idioma del corazón es universal y Édith es alma pura. 
 

La fuerza de voluntad

Corría mediados de la década del noventa en Ciudad Peronia cuando llegó a vivir a la cuadra un matrimonio procedente de la Bethania, otro arrabal guatemalteco. Para ese entonces Ciudad Peronia ya estaba poblada, atrás habían quedado los tierreros de terrenos sin medición y los sitios baldíos que circundaban el mercado, la parada de buses,  El Gran Mirador, La Surtidora y  La Cuchilla.  
 

El poder colosal de nuestra voz

Nos hemos acostumbrado a que otros opinen por nosotros, porque creemos que lo que nosotros tenemos que decir no es importante, que carece de consistencia y sentido: por no tener el grado de escolaridad,  por no ser de tal clase social, por no ser de tal color de piel, de tal género, por tener tal peso, por tener tal edad, tal estatura,  tal adicción; en uno de los tantos patrones con los que hemos crecido en este mundo de estereotipos, cobardía, clases sociales, presunción  y patriarcado. 

Como roedores de alcantarilla

No importa el día del año y si llueve un torrencial, ellos siempre están ahí desde la madrugada hasta que anochece. Poniendo el lomo. Su cuerpo como herramienta de trabajo y modo de sobrevivencia. No importa si piensan o sienten, si se preguntarán la hora  (porque para el explotado no hay reloj que se detenga) o si les duele una muela o tienen ampollas. Si se les acaba de  morir un familiar o les nació un hijo.   Ellos siempre están ahí. Poniendo el lomo. 

A perderse entre la urbe

Es medio día de un  día de julio de verano infernal, los observo por la ventana que da a la calle mientras subo las escaleras de la casa donde trabajo; sus cuerpos bañados en sudor, con piocha en mano abren una zanja por todo el lateral de la casa para arreglar una tubería. En la mañana había llegado el dueño de la empresa, un polaco de unos 60 años, a hacer acto de presencia solamente. Se subió en su pick up de doble tracción de modelo reciente y se fue. 

Sociedades misóginas

“Violan a una mujer en la parada de tren de tal estación”, dijo el presentador de noticias, sin inmutarse, con ese rostro que tienen los que ven la violencia de género como cosa natural. ¿Cuántas mujeres son violadas en las estaciones de autobús y de tren diariamente en el mundo? Cosa natural para la sociedad que somos. 

Si las utopías son realizables

Es lo que tiene la esperanza, que en invierno nos hace pensar en la primavera y en el rocío de las flores reventando al compas del trinar de las aves que retornan después de su larga ausencia.  

Pronto escampará, decimos cuando retumban los aguaceros sobre los techos de lámina en los arrabales y las goteras son una más de las penas del paria,  mientras las calles se transforman en ríos donde los niños saltan y juegan con sus barcos de papel, con el hambre en las tripas y los sueños cundidos de inocencia.  Marginados ancestralmente. 

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