Armando B. Ginés •  Opinión •  01/04/2025

La huida circular al futuro permanente

Desde hace algún tiempo se vienen sucediendo estudios sociológicos, algunos desde la Academia y otros emanados de bestsellers de autoayuda, que nos vienen a decir que estamos situados arriba de la ola de un ciclo caracterizado por revivals de todo signo. La vuelta a un pasado idealizado de valores fuertes (tradicionales y religiosos) e identidades claras (nosotros contra ellos), es, concluyen los susodichos informes o dictámenes más o menos serios la caracterísitica singular de nuestro tiempo.

Así, por ejemplo, la eclosión de neofascismos, nenazismos y fundamentalismos de diversa catadura moral que campan a sus anchas por todo el mundo. La reacción conservadora de ultraderecha está al alza y no se ve horizonte temporal para su declive. El pasado soñado de un mundo binario de buenos y malos es la mercancía de moda: el pasado de valores de toda la vida es la utopía revolucionaria de hoy.

A simple vista hemos transitado desde un carpe diem consumista y posmoderno que preconizaba la escultura individual de un propio yo flexible y siempre abierto a nuevos eventos privados a una nostalgia por tiempos más o menos remotos donde los hombres eran hombres y las mujeres mujeres, los patrones los de arriba y los de abajo los felices trabajadores siempre agradecidos al maná llovido de la libertad capitalista. La familia tradicional con su valores de acogimiento y cuidados afectivos emerge otra vez como la célula indispensable del entramado social.

Este relato tan sugerente cautiva a grandes masas por su simpleza narrativa. Cansados de consumir y consumirnos regresamos al calor de la matriz familiar para un nuevo comienzo del sistema neoliberal.

A vuelapluma este es el marco de referencia ideológico que quiere seducirnos tras haberse privatizado hasta el aire que respiramos. Ya no queda presente a repartir. El nuevo comienzo exige otra vuelta de tuerca a la acumulación capitalista. Y para ello es necesario que en la superestructura cultural e ideológica exista un relato convincente que valide lo que sucede en el orden social y económico.

Las izquierdas han fracasado solemnemente al dejar caer el estado del bienestar y transformarse en clase media dispersa y carente de proyecto político propio. Las ideas de izquierda como tal han desaparecido del mapa o son arrinconadas mediante los poderosos mass media multinacionales, a través de malas artes vía lawfare o fagocitadas por las veleidades de la econmía social de mercado y del espectáculo total de las redes sociales.

No obstante, las apariencias podrían engañarnos. Por mucho que se diga ese retorno artificial al pasado no resulta creíble. Cierto es que la posmodernidad consumista está de capa caída: el yo plenipotenciaro que predicaba la filosofía poscomunita ha resultado ser un fiasco. La guerra o el miedo a la guerra está en cada rincón. La sociedad alentada por Silicon Valley no ha traído un mundo mejor. La gente sobreexplotada y con trabajos de mierda abundan por doquier. Hacer cábalas para un proyecto de vida razonable es una quimera para la inmensa mayoría.

En verdad que nos quieren vender un pasado idílico como un edén o paraíso perdido donde todo estaba en su sitio y todos sabíamos a qué atenernos, donde las dicotomías hombre-mujer y nosotros-ellos eran obvias y evidentes. Sin embargo, rascando en el relato oficialista que sale cada día de los laboratorios ideológicos del neoliberalismo, hay algo que no cuadra: la nostalgia que se vende es la pátina interesada que cubre una ficción más poderosa: el futuro permanente.

La sensación generalizada es de un malestar social creciente y un hartazgo de la cultura banal del consumismo. La posmodernidad ha fracasdo estrepitosamente. Ser yo en mitad del capitalismo es una estrategia perdedora. De ahí el incremento de la demanda de terapias y recursos para la salud mental, ya sean profesionales o farmacéuticas.

La neurosis, ansiedades y depresiones son adaptaciones existenciales a un medio hostil. ¿No puede ser leída la locura como una respuesta sensata de huida ante situaciones personales y sociales inaguantables? Por tanto, cabe suponer que la inmensa mayiría quiere huir a alguna parte, pero se encuentra atrapada en sus circunstancias socioeconómicas.

Y lo peor de todo, es que rotos los nexos sociales, el que más y el que menos no atisba una alternativa polìtica para subirse a un carro coherente que permita una transformación o eliminación de la causas del malestar propio y colectivo. No estamos locos, la sociedad neoliberal nos vuelve y nos quiere locos.

Ante está atonía social e individual, el sistema ha reccionado subliminalmente con enorme sutileza. La gente tiene razón para huir, démosle, por tanto, un sucedáneo emocional (uno más) para mantenerla entretenida… hasta nueva orden. El futuro permanente es el nuevo medicamento ideológico que mantiene la tensión subyacente hacia el consumo mientras ciega nuestras capacidades de pensar y obrar racionalmente.

El futuro permanente nos traza un destino para huir. Siempre insatisfechos al no llegar a ninguna parte, volvemos a empezar con renovados bríos. El futuro nunca llega a cristalizar pero albergamos la esperanza de huir hacia algo mejor. Eso nos mantiene en movimiento, mitigando un tanto los abrazos peligrosos de la depresión y de la ansiedad. Nos convierte en neuróticos empedernidos, mas eso es llevadero, porque observamos que el resto reside en una situación similar.

Huir es humano, demasiado humano. Es una solución individual que a veces sale bien. Pero cuando el malestar es social, las huidas particulares sirven de poco. 

¿Cuánto durará en cartel el futuro permanente? Difícil vaticinio. Romper el círculo vicioso de la huida no es sencillo. Haría falta un horizonte compartido y volver a comunicar los lazos sociales dañados por el neoliberalismo y por la posmodernidad del yo a ultranza.

Caminamos a solas, como antes dijimos, entre neurosis, ansiedades y depresiones. El mundo, no obstante, no mejorará con remedios individuales para restablecer los síntomas nocivos de nuestra salud mental (y política). 

Todas las personas necesitamos un proyecto mínimo vital, más o menos asegurado. El consumismo no basta para ello. Ni tampoco un empleo basura. También nos cansaremos de ser sísifos tras la quimera de un  futuro permanente que jamás llegaremos a habitar.

Aunque el aroma putrefacto de la guerra esté ahí como amenaza latente, o nos quitamos el miedo de encima o el futuro acabará con nosotros. Y también con ellos.


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