La escuela pública no es de ningún dios
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Imaginemos que un sacerdote señala el ave que habitualmente revolotea en lo alto de los retablos y explica:
Supongamos que, no mucho después, avanzada la misa, alza la “sagrada forma” y afirma con voz solemne:
-Tomad y comed todos de este compuesto de harinas sin levadura, rico en gluten, de textura crujiente y fácil digestión, cuya masa se calienta a una temperatura de 170º hasta que el agua se evapora. Recordad que los hidratos de carbonos son esenciales en una alimentación equilibrada y que, no en vano, los cereales forman parte de la dieta humana mucho antes de la invención de la agricultura allá para el 8000 antes de la era común.
Situemos a otro cura en un lateral del templo rematando una confesión con estas palabras:
-Hermano, no has alcanzado el 50% de los estándares previstos en la programación parroquial. Tendrás que presentarte en septiembre con los deberes hechos y ésta es tu última convocatoria. Si no apruebas, tendrás que intentarlo con otra religión o hacer algún módulo de grado medio de ateísmo o herejía, o algo así…
Y anticipemos su contundente respuesta ante las protestas del feligrés:
-Sí, ya sé que cumples con los antiguos mandamientos, pero es que el decálogo ha sido sustituido por un moderno catálogo de competencias. Ahora lo importante no es portarse bien, sino estar dispuesto a “creer en creer”, o a desarrollar el “espíritu predicador”. Jeje, el mercado religioso está muy concurrido últimamente y hay que adaptarse a los nuevos tiempos.
En fin… ¿Cómo podríamos calificar las escenas anteriores? ¿Grotescas? ¿Estrafalarias? ¿Inapropiadas? Pues de igual forma que la iglesia no es el lugar adecuado para impartir biología, matemáticas o historia, la escuela no es el lugar adecuado para impartir catequesis. Si es que es muy sencillo. Las religiones se basan en dogmas y en mitos, mientras que la educación debe promover la libertad de pensamiento y el método científico, porque su principal objetivo consiste en generar personas libres y responsables, no acólitos. Ambas realidades son como agua y aceite, y sus espacios deben estar perfectamente delimitados para garantizar la salud intelectual y moral de la sociedad. Uno de los mejores teóricos del laicismo lo expresó con una claridad meridiana hace algo más de dos mil años: hay que dar “al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”. Hoy en día diríamos que hay que dar “a lo público lo que es público, y a lo privado lo que es privado”. Y la escuela pública pertenece al pueblo, a todo el pueblo (creyente, agnóstico, indiferente, ateo…), y no a ningún dios, ni a ninguna de las muchas confesiones privadas que actualmente coexisten en nuestro país. Por eso apoyamos con todas nuestras fuerzas y en todos nuestros foros la campaña Por una Escuela Pública y Laica, Derogación de los Acuerdos con la Santa Sede, organizada por Europa Laica. Estamos en el siglo XXI. ¡Saquemos ya mismo la religión de las aulas! ¡Permitamos a los niños y a las niñas crecer y educarse en libertad de una vez por todas! ¡Joder!