La Tienda Republicana

Machismo VIP

No soy de esas personas que guillotinaría a la audiencia de programas como “Gran Hermano” porque yo misma formo parte de esa audiencia. Y lo hago siendo consciente de que me estoy colocando con un chute de mierda (y de que no tengo audímetro). Pero de alguna extraña manera, me distraigo. Defiendo la hipótesis de que a la hora de consultar/consumir cualquier medio de comunicación –ya sea información o entretenimiento- no hay que olvidar en ningún momento qué estamos viendo y quién está detrás. La indignación por este tipo de programas, comprensible y lógica, choca frontalmente con la tolerancia social hacia ese tipo de comportamientos cuándo estos se dan en el ámbito privado y sin ser televisados.

Resulta positivo que ante comentarios racistas una cadena de televisión decida expulsar a dos concursantes y éstos pidan perdón (aunque lo hagan con la frase: “tengo muchos amigos negros”). Sin embargo me cabrea esa moral televisiva que se queda en eso. Me cabrea  que aquellos que se llevan las manos a la cabeza ante programas basura (que no se entienda el texto como una defensa de éstos), perpetúen día a día estos mismos comportamientos o ridiculicen a quienes los señalan. Mi día a día, por mi condición de feminista y activista, es un pleno de ataques por señalar actitudes paternalistas, machistas, homófobas, racistas etc. Y poca gente se indigna por ello.

Belén Esteban, Los Chunguitos, Sandro Rey o Kiko Rivera no son una excepción. No son sólo un grupo de freaks –que también- encerrados en una casa. Sus burradas televisadas las he escuchado y escucho muy a menudo en mi vida diaria. Y no despiertan tanta polémica entre quienes las escuchan. No me parece mal que se critiquen las barbaridades, en este caso, de Gran Hermano VIP. Me da la risa cuando esas barbaridades se dan en conversaciones de bares o de sobremesa y no hay ni un ápice de indignación.

¿Cuántas veces escuchamos eso de “mala madre” dirigido a una mujer que no dedica las 24 horas del día al cuidado de sus hijos? , ¿Cuántas veces llamamos “puta” a una mujer que dispone libremente de su sexualidad?,  ¿Cuántas veces hemos escuchado eso de “estando tú que no lo haga él”?, ¿Cuántas veces se ha cuestionado a un hombre por dejar a sus hijos a cargo de la madre?, ¿Cuántas veces nos han dicho que tenemos que ser delicadas, que no chillemos, que somos barriobajeras?, ¿Cuántas veces se utiliza la homosexualidad como insulto?

Que la lucha contra estos comportamientos se de también fuera de los platós de televisión llevaría, irremediablemente, a la desaparición de este tipo de programas. Y no al revés.

 

 

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