Francisco González Tejera

Mercedes y el amor eterno

-Tenía una piel tan suave, el corazón le latía cuando me abrazaba y sus besos sabían a bienmesabe. –Le dijo la anciana Mercedes a su bisnieta Lucy aquella tarde de agosto

Hablaba de su primer amor, del joven Ramón Hernández, cuando fueron novios en los años 30, las enormes coincidencias en sus formas de pensar, como les decía el viejo sindicalista aldeano, Ñito Polo, “esa fragancia libertaria que se percibe en cada mirada, en cada caricia, pero también en cada acción de lucha”.

Gobierno por narices

En el baño del Congreso era muy discreto consumir, menos cantoso que en  la oficina parlamentaria. Los dos diputados se tomaron antes unos gim tonics en la cafetería, un par de euros, precio especial para sus señorías. La noche anterior habían estado de putas en el Gran Hotel Gran Vía, la resaca era grande “pero unas rayitas lo curan todo”, dijo con sorna el valenciano con su traje de Armani, olor a channel. “Es del camello de Correa, máxima pureza”, comentó sonriente mientras entraban al lujoso lavabo.
 

Aquella rosa diseminada entre el fuego de agosto

Los perros ladraban desesperados en toda la Montañeta de Tamaraceite, la “Brigada del Amanecer” se subdividió en varios grupos, tenían las direcciones de que cada persona que tenían que llevarse, se escuchaba a los podencos, los ratoneros, otros perros mezclados, los que presentían la maldad de aquel grupo de fascistas que llegaron al pueblo para secuestrar, asesinar, desaparecer para siempre a quienes luchaban por la libertad.
 

El amargo abismo

Caían en la Marfea masivamente, cientos de hombres, algunas mujeres, luchadoras, luchadores antifascistas, anarquistas, comunistas, socialistas, personas que defendían a la clase trabajadora, la democracia, la legitimidad constitucional.
 
El abismo era el lugar desde la noche del domingo 19 de julio del 36, la corriente arrastraba los sacos con los cuerpos dentro y las piedras que casi nunca eran suficientes para que se quedaran pegados al revuelto fondo marino, no era suficiente el peso, el mar arrastraba los cuerpos ahogados hacia dentro.

La deriva del genocicio

Abrazada a su niña esperaba la ejecución del desahucio, la nevera vacía. Hacía dos días que Lucía no desayunaba para dejarle la mantequilla caducada y el pan duro a Valentina, su hija de solo dos años. Afuera se escuchaba el bullicio de los policías, los agentes judiciales y el cerrajero que destrozaría la puerta para echarlas a la calle.
 

Tributo de sal

Lo primero que hicieron los falangistas fue arrancarle el niño de los brazos a María Pilar Carreño, Tomasito no dejaba de llorar, su madre gritaba que por favor se lo dejaran, que la tiraran a la Marfea con su bebé, en el mismo saco, con las mismas piedras, atado con las mismas sogas de pitera, que los dejaran ahogarse juntos, abrazados en las frías aguas del Atlántico.
 

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