Discapacidad y normalización

 

Jesús Portillo | Los eufemísticamente denominados “discapacitados” fueron llamados públicamente en otro tiempo “tullidos”, “tarados”, “encamados” y en las últimas azucaradas décadas, “minusválidos”. La búsqueda de palabras amables para nombrar a personas que por diversos motivos sufren disfunciones, falta de extremidades, mutilaciones o deformidad, ha sido quizás más intensa que la búsqueda de soluciones para normalizar sus vidas. La lucha por la inclusión social de estas personas ha sido el lema que ha abanderado el propósito de instituciones y organizaciones que desde hace mucho velan por los discapacitados. El historiador italiano Cesare Cantù afirmaba que “el dolor tiene un gran poder educativo; nos hace mejores, más misericordiosos, nos vuelve hacia nosotros mismos y nos persuade de que esta vida no es un juego, sino un deber”. Sin embargo, aquellos que no han sentido el retuerzo de sus músculos, la parálisis de sus piernas o manos, el silencio en sus ojos ni la oscuridad en sus oídos, no podrán hacerse cargo de la enseñanza solidaria que la vida les concede a otros a base de sufrimiento. Ante esto, solo queda esperar el imposible del aprendizaje por cabeza ajena, el experimento simulado del dolor del otro y el esfuerzo de allanar el camino aun pudiendo saltar vallas.

Se cuentan por millares las asociaciones en todo el mundo que intentan eliminar las barreras arquitectónicas, proporcionar medios ortopédicos y biónicos, llevar una sonrisa al desamparo de su quietud y educarlos bajo nuevos paradigmas. No obstante, son millones los incívicos que invaden plazas de aparcamiento reservadas para personas con movilidad reducida, que aparcan en doble fila delante de sus coches sabiendo que no pueden empujarlos para salir y que taponan las aceras rebajadas. Este tipo de acciones, que pueden ser sancionadas legalmente, no dejan de ser la punta del iceberg. Lo realmente penoso es el compendio de impedimentos añadidos que la gente inconsciente suma a las limitaciones de los discapacitados: ver mal la reserva de un pequeño porcentaje de puestos de trabajo, considerar que la instalación de rampas y elevadores es un gasto, en lugar de una inversión solidaria; opinar que los discapacitados restan glamour a un evento o barbaridades del estilo “mi dinero se está tirando en gente sin futuro”. El problema reside en el hecho de no denunciar socialmente estos comportamientos, en no rechazar abiertamente estas actitudes hostiles que muchos utilizan sin reparar en el daño emocional que producen.

El niño enfermo - Dalí
Las personas somos seres sociales, productos de un entorno y de la educación recibida. La sensibilización no debe partir de las escuelas o de campañas institucionales, sino de la casa de cada niño. El cuidado de los desfavorecidos es, sin duda, uno de los barómetros que mide la presión social y el concepto de comunidad que maneja un grupo numeroso de personas. Las personas discapacitadas tienen mucho que aportar a todas las sociedades, pero especialmente a aquellas que están desfragmentadas por el individualismo y la frenética competición. No olvidemos que la discapacidad de una persona solo es una parte, en la que focalizamos nuestra atención en detrimento del resto, perfectamente provechoso. El ejercicio de decisión, privado e individual, que hace cada persona a la hora de ponerse en el lugar del otro, no solo depende de la voluntad de cada uno, sino también del elenco de valores positivos que le hayan sido inculcados.

Benjamin Franklin afirmaba: “dime y lo olvido, enséñame y lo recuerdo, involúcrame y lo aprendo”. Esa es la única manera de desestigmatizar a los discapacitados, haciéndolos visibles como cualquier otro ciudadano en los escenarios cotidianos. Piensen en la inspiración que suponen superhéroes discapacitados como Charles Xavier de X-Men (paralítico y telépata), DareDevil (ciego y justiciero nocturno), Ojo de Halcón de Vengadores (prácticamente sordo y arquero de primera), Forja de Universo Marvel (inventor de mecanismos cibernéticos y personaje con miembros amputados), Punk de Alpha Flight (enano con poderes mágicos), Echo de Universo Marvel (sorda y mujer de talento) o Nick Furia de Vengadores (tuerto y líder de la mayor red secreta de inteligencia). La normalización de la discapacidad pasa por el diseño de una imagen natural de esta, una imagen habitual y conocida que no sea concebida como algo extraordinario. Y al mismo tiempo, un esfuerzo colectivo para integrar, de hecho y no de palabra, a los discapacitados en labores acordes con sus capacidades que no generen frustración ni segregación.

El propio Christopher Reeve (actor que protagonizó al célebre Superman), tras su accidente a caballo en el que quedó tetrapléjico dijo: “pienso que un héroe es un individuo extraordinario que encuentra la fuerza de perseverar y resistir a pesar de los obstáculos”. Pese a todo, la discapacidad sigue siendo hoy en día, más que un problema para los discapacitados, un problema para empresas, instituciones públicas y personas que no quieren hacerse cargo de la oportunidad de buscar soluciones para posibles problemas futuros. Los discapacitados son los más proclives a focalizar sus esfuerzos en desarrollar habilidades extraordinarias, llegando a la cuenta de que la única minusvalía insuperable que puede tener alguien es la mala actitud de no querer superarse.

http://blogs.tercerainformacion.es/cincel/2015/01/14/discapacidad-y-norm...

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